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Aquella luz en penumbra, desde la esquina del ángulo
estrecho entre la pared y el armario, aquella luz en penumbra me recuerda a una
atmósfera que no puedo explicar. Algo que me
empujaba al fondo detrás del armario. Un espacio que entonces me servía de
refugio, a mí, una niña recién adoptada de apenas tres años. Ahí es donde empieza
mi memoria de la infancia.
Según mi madre adoptiva estaba muy asustada cuando me
trajeron del orfanato. Tan asustada que, si me hablaban o me miraban, me ponía a
llorar. A menudo me escondía detrás de aquel armario del que no salía durante horas.
De mayor le preguntaba a mi madre si sabía por
qué lloraba:
- No, no lo sé, nadie sabía. No te
trataba mal, al contrario, te cuidaba cuando dormías, me inclinaba sobre ti para ver si aún
respirabas. Estaba preocupada, no sabía lo que significaba tener una hija
pequeña.
Dicen que los primeros años te marcan la infancia y yo los
viví en un orfanato. Con catorce años quise visitar aquel lugar de donde mis
padres adoptivos me llevaron y encontré mi nombre escrito grabado en
una cama
de barrotes de hierro junto a otros nombres.
Costumbre decían. ¿Qué clase de costumbre es esa? ¿Una cama que atestigua la
existencia de una niña que pasó por ella que se queda como un sello? Dangalizare en rumano significa marcar con un hiero ardiente. Se hacía con vacas, bueyes, también
esclavos. La palabra tiene sus raíces en la lengua turca damga que
significa sello, estigma incluso. Algo así se siente, como si no fuera
suficiente con que nos haya marcado la vida.
Esas letras que componen mi nombre gravado en el hierro, las
llevo conmigo y las siento como si arrastrase la camita entera con
todos los niños dentro. El peso de los otros niños que han pasado por ello son voces que
me llaman que no quieren quedarse solas, voces que sufren y lloran a cantaros sintiéndose no queridas; voces
con las que de vez en cuando hablo.
Al llegar a casa de mis padres adoptivos no hablaba. Según me contaron no empecé a hablar hasta
los cuatro años. Ellos ya se resignaron, con que su hija no iba a
hablar, hasta que un día le aconsejaron a mi madre de robar un trozo de pan a una
gitana para dárselo de comer a su niña. Así haciéndola hablar. Y se atrevió mi madre. Robó
un trozo de pan de una gitana arriesgando ser atrapada:
- ¿Qué haces mujer?
- Es que, me dijeron que si robase un
trozo de pan tuyo mi hija empezaría hablar …
Y la gitana se río.
- Llévatelo que, si va a hablar como yo,
te hartarás de ella.
Son las palabras que recuerdo de mi madre contándome. Y como
por encanto parece que empecé a hablar, soltando palabras que inundaban, arroyos
que fluían, hablaba como una cascada me dijeron.
Un día, todavía pequeña, me golpee la ceja derecha. Llevaba una
blusa blanca y caminaba de la mano de mi padre hacia el columpio. Él me parecía
grande y fuerte, yo le cogía la mano con fuerza. Acababa de
mostrarme un nido de cigüeñas cuando me soltó la mano. Al regresar me encontró
caída debajo del columpio con la blusa cubierta de sangre. Recuerdo que me
cosieron en la policlínica. Recuerdo que llegué a casa y mi padre me trajo un
pajarito en sus manos. También recuerdo que ese pajarito empezó a volar por toda
la casa, no paraba de trinar y golpeaba contra lo que encontraba, hasta que se
le abrió la ventana del cuarto de baño y salió disparado.
***
En los inviernos, en Rumania por entonces, teníamos
metros de nieve días y días. Tormentas de nieve, altas, muy altas. Frente a mi
bloque de apartamentos, sólo había abierto un camino estrecho para poder
adelantar. Para nosotros niños - una aventura. Como vivíamos en la planta
baja me subía a un taburete, atravesaba la ventana y caminaba en la nieve. Mi madre me reñía.
- ¡Eres como los gitanos! ¡No somos
gitanos!
- Pero mamá ¿por qué salen los gitanos por
las ventanas?
Entonces yo no entendía a qué se refería mamá. Fue más
tarde que me fui dando cuenta sobre los prejuicios contra los gitanos.
También me acuerdo de mi padre enfermo, aunque yo por
entonces no lo sabía. Me arrastraba por la ciudad en un trineo pintado de azul
y con las cuerdas
que parecía que se iban a romper. Me abrigaban con una bufanda muy gruesa que me
tapaba la boca -no me gustaba- un gorro de piel ruso con orejas y una manta en mi regazo. Sentada en el trineo, solía
cerrar los ojos y me imaginaba que iba tirada por caballos. En invierno los carruajes
estaban decorados con campanillas y tintineos, tan bonitos que no se podía
apartar los ojos de ellos. Cubiertos con alfombras de lana y toallas tradicionales
bordadas en rojo y negro, los carruajes, abiertos, llevaban
mujeres, niños y ancianos, en su mayoría gitanos. Se les oía llegar desde
lejos. Las campanillas sonaban al ritmo de los caballos y los niños parecían
cantar a su ritmo.
Los carruajes rumanos,
básicamente tienen la forma
de largas cajas de madera
con ruedas. Dos delante y dos detrás. Un tablón perpendicular
servía de banco donde se sentaba el conductor. Si tenía que llevar invitados
todos viajaban sentados en el suelo de la caja. Algunos más traviesos
se sentaban en el borde de los escalones de madera del exterior. Cuando nevaba
mucho a los carruajes se les quitaban las ruedas y se les ponía una especie de
riel de madera que los convertían en trineos. Pues yo soñaba ir con ellos.
Aquellos tiempos de inviernos helados han quedado
grabados en mi mente. En las noches oscuras, débilmente iluminadas, solo veía la
silueta de mi padre -firme y constante- llevándome a casa. Yo, detrás de él. Todo helado: la bufanda, la nariz, el aire que respiraba.
Según un portal de internet refiriéndose a las
temperaturas invernales de entonces en Rumania:
“O altă iarnă din această categorie, cea din
1984-1985 nu a fost doar friguroasă, cu temperaturi ce s-au “dus” iarăși sub
-30 de grade, ci și extrem de lungă, durând până aproape în aprilie”.
"Otro
invierno de esta categoría, el de 1984-1985 no sólo fue frío, con temperaturas
que de nuevo "bajaron" de los -30 grados, sino también extremadamente
largo, durando casi hasta abril". [1]
A pesar del frío adoraba ir a patinar. Unos primos me
habían regalado patines de piel negra deteriorados que eran mucho más
grandes de que yo llevaba. Los mismos
primos trabajaban en la entrada de la pista de patinaje. Esperaba en la cola y cuando se acercaba la hora de entrar y pagar decían:
- Es mi prima. Dejadla entrar.
La pista me parecía enorme. Brillante, con música y llena de gente. Mis patines eran tan grandes que casi
no podía patinar sin agarrarme a la pared. No me molestaba, disfrutaba y llegaba a casa feliz con los
pies doloridos del frío que hacía. En casa mi padre me quitaba las botas y mi madre
me preparaba un cuenco de agua caliente. Cuando íbamos a la cama, solíamos llevar un ladrillo que
se calentaba en la estufa todo el día y nos mantenía caliente hasta la madrugada.
Un borde de cama, los tres sentados juntos: aquello era todo para mí entonces.
[1] https://vremea.ido.ro/stiri/1412-cele-mai-geroase-ierni-din-istoria-romaniei-1412/
***
Era un día de verano, seguro, porque
hacía calor y recuerdo que estuve jugando fuera toda la tarde. No llevaba mucha
ropa, una camiseta y unos pantalones cortos. Correr me hacía sudar y, sin
embargo, no dejaba de jugar con los otros. Pillapilla era. El sabor salado del
sudor en mi frente, pasándole con la mano para quitarlo, no me importaba. Y el
brillante sol reflejaba su luz con tanta fuerza en mi camino que veía parpadeos. Tampoco me molestaba, porque me encantaba jugar al aire libre con
los demás.
Durante las vacaciones de verano podía pasármelo todo el día fuera
solo para no tener que entrar en casa, porque mamá siempre daba tareas: “haz
esto y aquello", y a mí eso no me gustaba. Si tenía que ayudar en casa, me
ponía a soñar enseguida estando con la cabeza en otro lugar para no darme
cuenta de lo que estaba haciendo de verdad: quitar el polvo de la vitrina. Pero
en un día tan hermoso como ese, no era el caso. Me dejaban estar fuera, mamá estaba
en su trabajo y mi padre cuidaba de mí. Todavía lo puedo ver ante mis ojos: sentado en un taburete justo a la entrada de nuestro bloque, mirándome jugar.
- Cristinica,
¡tráeme mis dulces de la cocina por favor!
- Pero
estoy jugando papá ¿puedo hacerlo más tarde?
- No,
venga, hazlo ahora.
Entonces salía corriendo y le
llevaba a mi padre las pastillas y tabaco que quería. Eran sus caramelos.
Por muy bonito que fuese, todo aquello
me resultó triste después. Mi padre murió a los cuarenta y nueve años y los
caramelos que le llevaba eran morfina para aliviar su dolor. Como Ricardo
Piglia dijo una vez: Un cuento siempre cuenta dos historias, así
fue con nosotros también. Por un lado, la niña de nueve años que sólo tenía juegos en
la cabeza y, por otro, el dolor y el sufrimiento de su padre.
La enfermedad le
debilitó tanto que sólo podía caminar con dificultad. De ahí el taburete y el
sentarse en las escaleras.
Me pregunto: ¿Cuál es el significado de
este recuerdo? Si hubiera sabido que tata estaba tan enfermo que iba a morir,
desde luego no le habría llevado el tabaco que le atacaban los pulmones. Era pequeña y todo aquello me resultaba demasiado grande para
comprenderlo.
***
Estaba acostumbrada ver a tata enfermo por la casa. Mi madre le reñía a menudo por no levantar las piernas y por deshacer las alfombras. Hasta que se puso tan mal que tuvo que ser hospitalizado. En el hospital, mi madre y su hermana lo
cuidaban por turnos. Las condiciones de los hospitales rumanos de entonces
dejaban mucho de desear. Eran tiempos turbulentos de un régimen que debería
haber caído ya, tiempos crueles que se robaron a mi padre todavía joven.
Cuando
lo visitaba, rara vez veía gente
por los pasillos. Alguna vez una silueta
rápida doblando una esquina en bata blanca. Pasillos grandes y vacíos y olor a
hospital. Recuerdo una gran puerta que costaba mucho abrirla. Detrás, una
habitación semioscura, llena de camas y mi padre cubierto por una camisa
desabrochada colgando sobre su cuerpo.
A veces, no me reconocía. Gemía y
miraba al techo. Yo me colocaba al lado de su cama y le sostenía la mano. Mi
madre hablaba con él:
- ¡Mira
tată! Cristinica ha venido a verte.
Me duele recordar esta historia.
Respiro profundo y vuelvo a esa habitación con paredes enormes y
blanquecinas. Algunas persianas mal colgadas en las ventanas enmarcadas con
madera pintada de blanco que ya no parecía blanco. Era abril y un frío atroz entraba
por las ventanas. Los cojines colocados en las ranuras ya no cumplían más con su función. Junto a la cama de mi padre yacía un conocido suyo que no paraba de
hablar cada vez que me veía. Ahora, realmente no lo sé:
¿Se fue
a casa antes que mi padre?
Al final nos dijeron que no había nada
que hacer (creo que fue cuando vi por primera vez un médico en el hospital). Trajeron a mi padre a casa. Mamá quería que muriera con nosotras a su lado. Él
ya no me reconocía. De hecho a nadie. Se encontraba entre la vida y el más
allá. Todavía no estaba decidido. Yo no entendía ¿por qué mi padre, el mío,
fuese el que se tenía que marchar?
Nuestra casa estaba llena de gente que
entraba y salía y con papá en una cama en el salón. Respiraba con dificultad y
mamá le mojaba los labios. Había una vela encendida. En la fe ortodoxa se dice
que hay que irse al otro mundo acompañado de una lumânare. Llamaron al sacerdote que conocía a
mi padre y le decía:
- Vasile,
¿cómo fue posible que terminaras así? ¿Recuerdas que te encontraba en la
calle?... y no-sé-qué y-no-sé-cómo...
Después se fue el sacerdote y todavía
estábamos esperando. Mamá y los demás decían que mi padre esperaba a su
madrina, que la habían avisado y que estaba de camino. Al día siguiente llegó
la madrina y le estuvo hablando de una manera serena. A mí me mandaron a la
escuela aunque no quería. Me aseguraron de que me llamarían si pasaba algo. No mucho después me avisaron. No sé describir aquel momento: solo me acuerdo
de que el camino me parecía muy largo y, aunque vivíamos cerca de la escuela, me
costaba llegar.
Al entrar varias personas se me
acercaron. Tata no gemía como lo dejé. Tenía sobre su pecho un pequeño plato
que sostenía una vela ardiendo. Todos lloraban y me eché a llorar con
ellos.
El funeral fue una gran ceremonia. A tata lo conocían muchos en la pequeña ciudad. Una de las pocas personas que
llevaba a los gitanos en su taxi. El racismo y la exclusión de los gitanos eran
muy frecuentes por aquel entonces. No necesitaba que
nadie me lo dijera, podía verlo. Como era costumbre, se
hacía una ronda final con los muertos a través de la ciudad, un último paseo. Tata
fue transportado por un camión, abierto por arriba y conmigo sentada junto al
ataúd llena de miedo. Porque sí, ver a mi padre muerto a mi lado, me daba
miedo. Abajo, todos los que querían presentar un último homenaje seguían el
coche en una cola negra. Tres sacerdotes, y entre ellos toda la comitiva de la
iglesia, desfilaron delante del coche. Se oían muchos lloros, sobre todo cuando
el claxon de varios coches enmudecía. Sus compañeros, los chóferes, salían de
calles laterales tocando el claxon, uniéndose a la cola de gente. Todo lo pude
observar desde arriba. Además, un grupo de músicos gitanos acompañó el paseo
hasta el cementerio. A mi padre le encantaba el acordeón.
Al cementerio cerraron la caja con clavos. Cada golpe un puñal. En casa, la
caja, había pemanecido abierta durante los tres días. El tercer día, cuando lo sacaron de casa, mi padre
cambió de cara. La gente decía: "el hombre lamenta tener
que dejar su mundo". Sosteníamos tierra en nuestras manos
tirándola junto con las flores en la tumba. ¡Qué esta tierra se convierta
en luz sobre ti! decíamos llorando. Entonces empezó a tronar y llover con fuerza.
Y otra vez la gente decía: "este hombre debía haber sido buena persona que hasta el cielo llora por él".