Mi primer recuerdo de la abuela nace de una fotografía. Es una foto de un funeral que se me quedó grabada desde niña y que, de vez en cuando, vuelve a mi memoria.
Estábamos en un jardín, rodeados de mucha gente. Yo aparecía junto a un ataúd y ella, delante de mí. Llevaba un pañuelo negro bajo el que asomaban algunos mechones de pelo. Era un día caluroso y recuerdo el sol haciéndola parpadear. Vestía un abrigo beige, abierto, del que colgaba un cordón suelto que parecía agarrado a merced del destino.
A mis ojos, ella era una mujer extraodinaria. A menudo nos contaba su vida. Dominaba el húngaro, sus padres lo hablaban en casa. Nació en Transilvania y con doce años fue enviada a la capital a servir en casa de su padrino.
Algo así como antes de la Segunda Guerra Mundial y después de 1933 según su hermana, el padrino, empleado de una banca, fue trasladado a Bucovina y se llevó a la ahijada con él. De esta manera, a través de mi madre adoptiva, llegué a conocer a Maria, para mí la abuela.
La ciudad donde crecí forma parte de Bucovina, una región que perteneció durante más de un siglo a la Monarquía de los Habsburgo. Aquella historia dejó una profunda huella en la región, donde convivieron distintas lenguas, religiones y culturas, entre ellas la germánica y la judía.
Antes de la guerra, según me contaba mi abuela, trabajó para varias familias judías y entabló amistad con muchas de ellas. Incluso la casa en la que vivía había pertenecido a una familia judía que tuvo que marcharse, dejando atrás su hogar y buena parte de lo que poseía.
Con los años, empecé a interesarme cada vez más por aquella parte de la historia. Quería comprender mejor el mundo en el que había vivido mi abuela y saber quiénes habían sido aquellas personas de las que hablaba. Busqué entonces los datos del censo* de la ciudad. En 1930, la población se distribuía de la siguiente manera:
“6.042 personas, entre ellas 2.425 alemanes (40,13%), 1.951 judíos (32,29%), 1.357 rumanos (22,45%), 161 polacos (2,66%), 61 rutenos (1%), 17 eslovacos y checos, 11 armenios, 11 húngaros, 7 rusos, 5 gitanos, 4 serbios, eslovenos y croatas, 3 griegos, 28 de otras naciones y 1 de nacionalidad no declarada".
Me detuve un buen rato ante aquellas cifras. Alemanes, judíos, rumanos, polacos, rutenos, armenios, húngaros, gitanos… todos conviviendo en aquella pequeña ciudad perdida en un rincón de Bucovina. Pero fueron precisamente los últimos números de la lista los que despertaron mi curiosidad.
¿Quiénes eran aquellas veintiocho personas escondidas bajo la imprecisa categoría de “otras nacionalidades”? ¿De dónde habían llegado? ¿Qué lenguas hablaban?
Luego aquella única persona cuya nacionalidad no constaba.
En cualquier caso, muchas de las casas que sus propietarios habían tenido que abandonar y que la guerra no había destruido acabaron, de una forma u otra, en manos del Estado rumano. Con el tiempo, muchas serían nacionalizadas y destinadas a otras familias.
En 1944, apenas una semana después de nacer mi madre adoptiva, la abuela llegó sola, sin el abuelo, a aquella misma casa que yo conocería muchos años después como la casa de mi abuela. Llegó refugiada, huyendo de otra región duramente castigada por la guerra. Y vuelvo una vez más al censo, pero esta vez prefiero dejar que sean las propias palabras las que hablen:
“Según el censo de 1941, 2.771 de los 5.883 habitantes de la ciudad (incluidos los pueblos vecinos) eran judíos (47,10% de la población). El 10 de octubre de 1941, en un solo día, 2.945 judíos fueron deportados […] a campos de Transnistria […]En la primavera de 1944, sólo 100 supervivientes regresaron a la ciudad devastada por la guerra.”
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La abuela vivía en las afueras de la ciudad, en una zona donde solo había casas. Era muy diferente del barrio donde vivíamos mi madre y yo, rodeadas de bloques de pisos. Sin embargo, en la parte baja de la ciudad, nuestro barrio daba a una larga calle llena de casas.
Aunque el camino hasta su casa se me hacía largo, me gustaba recorrerlo. Al pasar, miraba con curiosidad los jardines de las casas y me acercaba todo lo que podía para descubrir qué escondían detrás de las verjas. Caminaba absorta, observándolo todo, hasta que algún perro guardián me sorprendía con sus ladridos y me arrancaba de golpe de mis sueños.
En el trayecto hasta su casa, también pasaba por delante de una sinagoga. Era un gran edificio blanco, de formas redondeadas y enormes cúpulas, rodeado por un jardín bonito. Con el tiempo, empecé a notar que algo había cambiado. Ya nadie parecía cuidar aquel jardín. La hierba crecía cada vez más alta y la vegetación avanzaba poco a poco, como si quisiera tragarse el edificio. Después llegó un día en que comenzaron a demoler la sinagoga.
Según contaba mi abuela, los pocos judíos que volvieron después de la guerra se vieron prácticamente obligados a abandonar de nuevo la ciudad. La vida se les hizo cada vez más difícil. Ese fue el caso del Dr. Bichler.
Durante muchos años, mi abuela trabajó como cocinera para el Dr. Bichler. Con el tiempo, aquella relación laboral se convirtió en una amistad cercana y él le permitía lllevarse comida a su casa.
Dr. Bichler era médico de familia y fue uno de los judíos que acabaron emigrando a Palestina. La distancia, sin embargo, no puso fin a la relación. Hasta su muerte mantuvo correspondencia con mi abuela y, de vez en cuando, le enviaba algún paquete, sobre todo con alimentos. Mi abuela nunca dejó de hablar de él con cariño.
Dependiendo de lo que recibiera, la abuela guardaba las cosas en su armario del salón, como si aquel mueble fuera el lugar reservado para todo lo que consideraba especial.
Pero, para poder hablar de aquel armario, primero tengo que explicar cómo se llegaba hasta él.
Para entrar en casa de la abuela, primero había que atravesar una verja. A partir de allí comenzaba un camino de cemento que bordeaba la casa y nos conducía hasta la parte trasera. Al fondo, en una esquina, nos recibía la veranda, con sus muchas ventanitas pequeñas de madera. A continuación había dos habitaciones espaciosas. En la primera se encontraba una gran estufa que servía para cocinar y calentar. Había también dos camas, una mesa sólida rodeada de sillas y un viejo banco de madera que, al levantar el asiento, se convertía en baúl. En rumano laiță.
Yo adoraba aquella laiță pintada en verde esmeralda. Para mis primos y para mí era el escondite perfecto. Y luego era la gran mesa. Éramos muchos nosotros los primos y nos sentábamos alrededor de ella para comer juntos y hacíamos tonterías y la abuela nos permitía.
La segunda habitación era también espaciosa. Había una enorme estufa de cerámica, otras dos camas, una vitrina, una mesa con sillas y, por supuesto, el famoso armario. En cuando al armario ese, podría contarles un montón de historias. La abuela escondia allí de todo. Incluso los copos de avena, que el Dr. Bichler le enviaba los guardaba en él.
Hasta que llegó un momento en que los paquetes dejaban de llegar. A partir de entonces, todos lo teníamos claro: aquellos copos de avena que aún qudaban en el armario se volvieron todavía más preciados para la abuela.
Rara vez sacaba la bolsa, y cuando lo hacía, se producía un silencio, un momento mágico absoluto. Todos los primos nos sentábamos alrededor de la mesa con los platos vacíos y esperábamos. Fingíamos que ya estábamos comiendo y nos llevábamos a la boca una cucharada llena de aire. Nos mirábamos unos a otros y nos reíamos en silencio mientras ella preparaba los copos. Nunca olvidaré aquel olor tan cálido que parecía dejarnos a todos como hipnotizados. Una vez la avena estaba preparada, recibíamos un plato de esa papilla pegajosa y éramos perfectamente felices.
Cuando el Dr. Bichler se marchó a Palestina, dejó a mi abuela las ventosas que utilizaba en su trabajo. Bastaba con que alguien se pusiera enfermo para que ella sacara las ventosas y se dispusiera a curarlo. El enfermo se tumbaba boca abajo, con la espalda desnuda, y mi abuela iba tomando, una a una, aquellas pequeñas copas de cristal.
Preparaba el alcohol y prendía fuego a un trozo de algodón sujeto en el extremo de un bastoncillo. Acercaba la llama al interior de cada ventosa y, enseguida, la colocaba sobre la piel.
Yo contemplaba todo aquel ritual aturdida y fascinada a la vez. La piel del interior de los vasos se volvía de todos los colores, se hinchaba hasta que al cabo de un rato las quitaba produciendo un ¡plop! que siempre me dejaba con la boca abierta.
Para mí, la abuela era casi una bruja. Parecía saber de todo y su jardín guardaba un mundo entero.
Pero vuelvo al jardín, a la derecha, el camino de cemento discurría bajo las parras, que crecían por encima formando una especie de pasillo sombreado. Justo enfrente estaba el gallinero, con las gallinas correteando unas detrás de otras.
Al lado del gallinero, en un rincón, estaba la jaula de los perros, que permanecían atados. Más hacia el centro del jardín se extendían los tendederos. Allí no solo se colgaba la ropa: a veces también se ponían a secar bolsas de plástico, cada una diferente, de distintos colores, tamaños y formas, algunas completamente arrugadas.
Delante de las ventanas, hacia la calle, estaban el huerto y las flores, protegidos por la verja. Todo tenía su sitio. Todo estaba cuidadosamente ordenado.
Y, cerca de la entrada, que daba al huerto, estaba el viejo pozo, cubierto por una gran tapa de madera.
Desde que tengo memoria, la abuela tenía un puesto en el mercado de la ciudad. Iba todos los días, excepto los domingos, a vender verduras e hierbas. Por la mañana preparaba el carrito, lo cargaba y tiraba de él hasta el mercado.
Vendía de todo: verdad y fantasía. Y la gente se lo compraba todo.
Era conocida por sus remedios a base de hierbas. Muchas las cultivaba en su propio jardín; otras las recogíamos nosotros, los niños, en la colina de al lado y se las llevábamos.
Ella las ponía a secar en el desván. Un lugar espantoso, por cierto. Viejo y medio podrido, lleno de telarañas y de arañas. La estrecha escalera que llevaba hasta allí era tan insegura que nosotros, apenas nos atrevíamos a subir por ella, aunque de vez en cuando lo hacíamos.
Ahora, mientras escribo estos recuerdos, me viene a la memoria aquel olor cálido del viejo desván, mezclado con el aroma de las hierbas que mi abuela ponía a secar.
También fue allí donde descubrimos los botes de mermelada que mi abuela subía para guardarlos. O, mejor dicho, para esconderlos de nosotros.
¿Sabría que los abríamos a escondidas y sacábamos una cucharadita de cada uno? Un poquito de aquí, otro de allá, procurando que no se notara. Cuando mi abuela abría alguno de aquellos botes, muchas veces encontraba la mermelada azucarada y se quedaba extrañada:
“¡No puede ser! ¿Otra vez?” decía.
Que mi abuela pudiese curar a la gente con sus viejos remedios me fascinaba. Su vitrina estaba llena de frascos de colores con diversas cosas flotantes dentro. A menudo me paraba a mirar atónita preguntándome cómo era posible que ese contenido, que a mi me parecía tan asqueroso, pudiera servir para curar enfermedades.
Qué pena que mi abuela muriera sin que yo le hubiera preguntado para qué servían exactamente aquellos remedios.
Desde que tengo memoria, era muy religiosa y nos enseñó a rezar también a nosotras, mi prima y a mí. Íbamos a la iglesia todos los domingos, tanto a la católica como a la ortodoxa y antes de acostarnos siempre rezábamos.
Al principio, solo la abuela tenía un rosario, con perlitas blancas, transparentes que a la hora de sacarlo de su armario no podía parar de mirarlo. Hasta que un día recibimos los nuestros. La mirábamos rezando y la imitábamos incluso que aquello duraba mucho y sentía como mis rodillas me dolían.
A menudo, mientras rezaba, la cabeza se me iba y pensaba en otras cosas. Cuando se les contaba, me decían que era el diablo quien intentaba distraerme y apartarme de lo bueno. Entonces me esforzaba todavía más en concentrarme, decidida a sacar al diablo de mi cabeza.
Quería ser como ellas dos, capaz de pasar tanto tiempo de rodillas, con los ojos cerrados sin moverse; pero no, yo me ponía inquieta, abría los ojos y miraba soñadora la lámpara de aceite que la abuela había encendido antes de empezar con la oración.
Para mí, el momento de encender aquella lámpara era casi sagrado. Observaba a la abuela con atención y seguía cada uno de sus movimientos. Cuando crecimos un poco, la abuela nos permitió preparar nosotras mismas la lámpara de aceite. Por fin podía mostrarle de qué era capaz.
Luego solía tomar el rosario entre las manos y empezaba a rezar: “María, llena eres de gracia; el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres …”
Era una de mis oraciones preferidas.
Antes de dormir, mi prima y yo le pedíamos a la abuela que nos contara una de sus historias. Ella a su vez, además de su fantasía desbordante, también nos hablaba de su vida. Nos contaba que la guerra había dejado un gran vacío.
“Huía embarazada de tu madre y llevaba de la mano a su hermano, tu tío. Estaba sola, porque a vuestro abuelo se lo habían llevado al ejército. Después desapareció durante tres años. Yo lo creía muerto, hasta que un día apareció en la puerta. Había perdido el oído y, para entonces, tu madre ya había nacido.”
Los domingos, la abuela iba a la iglesia. Y recuerdo especialmente aquellos domingos de invierno, porque las aceras estaban cubiertas de hielo. La abuela avanzaba despacio, con mucho cuidado, mientras nosotras, mi prima y yo, parecíamos ir patinando a su lado. De vez en cuando alguna se caía y la otra se echaba a reír.
Hasta que un día a la abuela se le ocurrió convertir nuestras caídas en un juego: la que más veces se cayera antes de llegar a la iglesia sería la ganadora. ¡Lo que nos faltaba!
Mi prima y yo empezamos a competir por ver quién se daba más trastazos. Así que seguía resbalándome y dejándome caer, a veces incluso a propósito, decidida a impresionar a la abuela y, por supuesto, a ganar.
Una vez que llegábamos a la iglesia, nuestra primera parada era la católica. Allí rezábamos a San Antonio. Cuando perdíamos las llaves o cualquier otra cosa, escribíamos una pequeña nota y la metíamos en una cajita junto con unas monedas. Y, al poco tiempo, encontraba lo que había perdido.
Después nos arrodillábamos en aquellos reclinatorios de madera acolchados y rezábamos un rato antes de continuar nuestro camino hacia la iglesia ortodoxa.
La iglesia ortodoxa estaba muy cerca del piso donde yo vivía con mi madre. La liturgia duraba hasta alrededor de la una, así que todavía llegábamos a tiempo para asistir a una parte. Allí nos arrodillábamos sobre la alfombra de color rojo oscuro y, al terminar la celebración, recibíamos la anafură. El pan bendecido lo preparaban mujeres mayores. La iglesia les proporcionaba unos sellos especiales para marcar el pan y mi abuela, que era muy creyente, era una de las mujeres encargadas de hacerlo.
Preparaba la masa en casa y formaba con ella cinco pequeños panes, colocándolos juntos: cuatro formando un cuadrado y el quinto junto a uno de los lados. Después de hornearlos, los llevaba a la iglesia, donde el pan se cortaba en pequeños cuadrados.
Aquello recibíamos al final de la liturgia, mojada en vino tinto.
Los lunes por la mañana tenía que ir a la escuela. Antes de salir de su casa, la abuela solía peinarme. Yo me sentaba al borde de la cama mientras ella me recogía el pelo en una trenza.
Entonces empezaba a contarme alguna historia, quizá una que ya había escuchado mil veces. Daba igual. Yo siempre tenía alguna pregunta y la escuchaba, completamente absorta en sus palabras.
* https://ro.wikipedia.org/wiki/Cimitirul_evreiesc_din_Gura_Humorului
También tuve otra abuela. La llamaban bunica soacră, la abuela suegra. Era la madre de mi padre y vivía justo al lado de mi abuela materna. Con ella apenas tenía contacto. Mi madre no se llevaba bien con ella y, aunque yo pasaba mucho tiempo en casa de mi abuela materna, rara vez iba a visitarla.
La recuerdo como una mujer delgada, con un pañuelo oscuro en la cabeza que le recogía el pelo y una falda larga, amplia, con bastante vuelo, que hacía que su figura pareciera más voluminosa de lo que en realidad era.
Y precisamente de aquella falda guardo uno de mis pocos recuerdos de ella.
Cuando ella sabía que yo estaba en casa de la otra abuela, salía a la puerta y me llamaba. Entonces metía la mano en uno de los bolsillos de su falda, sacaba un pañuelo y lo habría delante de mis ojos. Dentro había caramelos. Me daba algunos y me sonreía.
Seguramente me decía algo mientras me los daba, pero ya no recuerdo sus palabras. Veo su cara, a las dos en la puerta, el pañuelo que se abre y, dentro, los caramelitos.
La abuela suegra murió antes que mi padre.
El abuelo
De mi abuelo materno conservo asimismo pocos recuerdos. Murió no mucho después que mi padre. Mientras él vivía, no solíamos quedarnos a dormir en casa de la abuela como empezamos a hacer después de su muerte.
Había regresado de la guerra con una grave pérdida de audición y comunicarse con él no siempre era fácil. Teníamos que hablarle muy alto, casi gritar, para que nos oyera. Aun así, era bueno con nosotros y se reía mucho de nuestras tonterias. Recuerdo su risa, aquella boca sin dientes y su aspecto menudo: era un hombre de baja estatura, calvo y casi siempre tostado por el sol.
Le gustaba el vino y solía desaparecer en la bodega, junto a su damigene. Él y su dames-jeannes, mantenían una relación muy estrecha. Con las uvas del jardín, que recogíamos entre todos, hacía su propio vino. No recuerdo exactamente cómo lo preparaba, solo aquellas garrafas en las que lo dejaba reposar durante un tiempo y el tubo de goma por el que daba un sorbo para que, después, el vino comenzara a fluir suavemente desde la damajuana.
El resultado, sin embargo, no siempre hacía honor a tanto esfuerzo. A veces el vino salía tan agrio que la abuela terminaba utilizándolo como vinagre.
También recuerdo, o quizá lo recuerdo porque la abuela nos lo contó tantas veces, que, de vez en cuando, dejaba al abuelo al cuidado de alguno de los bisnietos más pequeños, acostado en una cuna de madera.
El abuelo se sentaba a mecerlo, pero a veces lo hacía con tanto entusiasmo que el pequeño terminaba cayéndose de la cuna. Como el abuelo no oía sus lloros, y mientras tanto se quedaba dormido también, seguía allí tan tranquilo hasta que aparecía la abuela y empezaba a regañarlo.
Aunque, según ella, su sordera tenía sus misterios:
“Cuando quería, bien que oía.”