En el hospital, mi madre y su hermana se turnaban para cuidarlo. Las condiciones de los hospitales rumanos de entonces dejaban mucho que desear. Eran tiempos turbulentos, de un régimen que hacía tiempo debería haber caído; tiempos crueles que, de algún modo, también me arrebataron a mi padre cuando aún era joven.
Cuando iba a visitarlo, rara vez veía a alguien por los pasillos. De vez en cuando aparecía una silueta de bata blanca que desaparecía rápidamente al doblar una esquina. Recuerdo aquellos pasillos largos y vacíos, el olor a hospital y una gran puerta que me costaba mucho abrir.
Detrás de aquella puerta había una habitación en penumbra, llena de camas. Allí estaba mi padre, tendido en una de ellas, con una camisa desabrochada que colgaba holgada sobre su cuerpo.
A veces, no me reconocía. Gemía y miraba al techo. Yo me colocaba al lado de su cama y le sostenía la mano. Mi madre hablaba con él:
- ¡Mira tată! Cristinica ha venido a verte.
Me duele recordar esta historia. Respiro hondo y vuelvo a aquella habitación de paredes enormes y blanquecinas. En las ventanas, enmarcadas en una madera pintada de un blanco que ya no parecía blanco, colgaban algunas persianas torcidas.
Era abril y por las ventanas se colaba un frío atroz. Los cojines que habían colocado en las rendijas para impedir la entrada del aire ya no servían de mucho.
En la cama de al lado yacía un conocido de mi padre que no paraba de hablar cada vez que me veía. Recuerdo su presencia, su voz, pero no qué fue de él después.
Ahora, por más que intento recordarlo, no lo sé.
¿Se fue a casa antes que mi padre?
Al final nos dijeron que ya no había nada más que hacer. Creo que fue entonces cuando vi, por primera vez, a un médico en aquel hospital.
Trajeron a mi padre de vuelta a casa. Mamá quería que muriera allí, con nosotras a su lado.
Él ya no me reconocía. En realidad, ya no reconocía a nadie. Parecía encontrarse en algún lugar entre la vida y el más allá, como si todavía no se hubiera decidido de qué lado quedarse.
Yo no entendía nada de aquello. No entendía por qué tenía que ser mi padre. El mío. ¿Por qué era él quien tenía que marcharse?
Nuestra casa estaba llena de gente que entraba y salía, mientras papá permanecía tendido en una cama en el salón. Respiraba con dificultad y mamá le humedecía los labios de vez en cuando.
Cerca de él ardía una vela. En la tradición ortodoxa se dice que uno debe partir al otro mundo acompañado de una lumânare, la luz de una vela encendida que acompaña el alma en su último camino.
Llamaron a un sacerdote que conocía a mi padre. Se acercó a él y le habló:
- Vasile, ¿cómo ha sido posible que terminaras así? ¿Te acuerdas de cuando te encontraba por la calle?...
No recuerdo qué más le dijo. Me llegan fragmentos, palabras sueltas: que si esto, que si aquello ... Después, el sacerdote se marchó y nosotros seguimos esperando.
Mamá y los demás decían que mi padre estaba esperando a su madrina. La habían avisado y venía de camino.
La madrina llegó al día siguiente. Se sentó junto a él y le habló con una serenidad que todavía recuerdo.
A mí me mandaron a la escuela, aunque yo no quería ir. Me aseguraron que me avisarían si pasaba algo.
No mucho después, avisaron.
Aquello ocurrió cuando estaba en segundo de primaria. Estábamos en clase cuando alguien llamó a la puerta. La secretaria asomó la cabeza y pidió a mi maestra que saliera un momento. Hablaron apenas unos segundos. Cuando la maestra volvió a entrar, me llamó junto a su mesa.
- Tienes que ir a casa.
No hizo falta que dijera nada más.
Salí de la escuela y eché a andar. Vivíamos cerca, pero aquel día el camino parecía no terminar nunca. Era como si, de repente, la escuela y mi casa se hubieran alejado la una de la otra.
No sé describir aquel momento.
Pasé junto a las casas de siempre, aquellas que conocía de memoria. Miré los jardines donde tantas veces me había detenido. En uno de ellos había visto un erizo por primera vez.
En la ventana de otra casa siempre me llamaba la atención un pequeño adorno: una casita con dos figuras que anunciaban el tiempo. Cuando hacía buen tiempo salía un hombre; cuando empeoraba, aparecía una mujer. Aquel día también me detuve a propósito y levanté la vista para ver cuál de los dos había salido.
Pero no consigo recordarlo.
Recuerdo la casita. Recuerdo las figuras. Recuerdo haberme detenido a mirar. Y, sin embargo, no recuerdo quién había salido aquel día.
Aunque vivíamos muy cerca de la escuela, aquella mañana el camino hasta casa se volvió interminable.
Al entrar en casa, varias personas se acercaron a mí. Tata ya no gemía como cuando lo había dejado aquella mañana. Estaba inmóvil y, sobre su pecho, un pequeño plato sostenía una vela encendida. Todos lloraban. Yo los miré y me eché a llorar con ellos.
El funeral fue una gran ceremonia. Mucha gente conocía a tata en aquella pequeña ciudad. Era, además, uno de los pocos taxistas que llevaba a los gitanos en su coche, algo que entonces no todos estaban dispuestos a hacer.
El rechazo y la discriminación hacia los gitanos formaban parte de la vida cotidiana de aquellos años. Nadie tuvo que explicármelo. Yo era una niña, pero podía verlo.
Como era costumbre, antes del entierro se hacía con el difunto una última vuelta por la ciudad, una especie de paseo de despedida.
A tata lo llevaron en la parte trasera de un camión descubierto, con el ataúd a la vista. Yo iba sentada a su lado, llena de miedo. Porque sí, tener a mi padre muerto tan cerca me daba miedo.
Detrás del camión avanzaban todos los que habían venido a despedirlo. Desde donde yo estaba, veía aquella larga comitiva vestida de oscuro siguiendo lentamente el ataúd por las calles de la ciudad. Una larga fila negra acompañando a tata en su último paseo.
Tres sacerdotes encabezaban la comitiva, acompañados por el cortejo de la iglesia, y avanzaban delante del camión.
Se oían muchos llantos. De pronto, un coche hacía sonar el claxon y los demás respondían al unísono. Desde las calles laterales iban apareciendo los compañeros de tata, los chóferes, que se incorporaban al cortejo haciendo sonar también sus cláxones, como una última despedida.
Yo lo observaba todo desde arriba, sentada junto al ataúd.
Un grupo de músicos gitanos acompañó también el cortejo hasta el cementerio. Entre los sonidos de los cláxones, los llantos y la música, avanzamos lentamente por la ciudad.
A mi padre le encantaba el acordeón.
En el cementerio cerraron el ataúd con clavos. Cada golpe era un puñal.
En casa, el ataúd había permanecido abierto durante los tres días del velatorio. El tercer día, cuando sacaron a tata de casa, cambió de cara. La gente, al verlo, decía:
- Le da pena dejar este mundo.
Junto a la tumba, tomábamos un puñado de tierra entre las manos y lo arrojábamos sobre el ataúd, junto con las flores.
- Să-ți fie țărâna ușoară! decíamos entre lágrimas, que la tierra te sea leve.
Entonces empezó a tronar. De pronto, la lluvia cayó con fuerza sobre el cementerio.
Y otra vez oí decir a la gente:
- Este hombre debía de ser una buena persona. Hasta el cielo llora por él.