Lleno de sacrificio 
era mi sueño dichoso
y estaba triste
y fuera del lugar,
aunque era de noche,
la ciudad me encantaba
con su niebla indignante,
que no se atrevió 
conmigo dialogar.

Y me abrumaba 
un silencio de calma,
que pretendió subir al cielo.
Sin duda, 
sufrí,
pedí al creador,
no quise engañar.

“Tu mundo 
enmudecido 
espera mi sudor.”

Entonces 
me encerré en la noche,
soñé con pensamientos 
dignos de esculpir,
rogué que el mal misterio 
cayese,
para enterarse,
para no volviese 
a existir.


Tarea en el taller de escritura Fabián Severo, Uruguay.
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