Solfeo nocturno
Nada se nos exige, nada se quiere demostrar, porque, de hecho, lo que sentimos
no es realidad, sino un pensamiento caprichoso de una maestría ingenua que no
deja de rondarnos. Nos atrapa en su enredadera impetuosa, retorcida y hechizante,
hasta el punto de que dejamos de reconocernos. Decimos “Sí” a todo, solo para
complacerla. Nos convertimos en esclavos de buena voluntad. Y hasta nos gusta.
Dos amigos frente a una copa:
—Oye, ¿pero a ti alguien te ha dicho alguna vez que las setas no venenosas tienden
a envenenar?
—¡Esto es el colmo! ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo van a envenenarnos las setas no
venenosas? Solo con pronunciar semejante afirmación —mejor dicho, aberración—
me entra la risa. ¿Has comido alguna seta que te haya sentado mal?
—Nunca se me ha pasado por la cabeza burlarme de ti. Yo realmente lo creo.
—Uf, quien cree está perdido.
—¿En qué te basas para decir eso?
—En el simple hecho de que te veo perdido.
— Cuánto me gustaría ser un micelio, un cuerpo oculto en la oscuridad, bajo la
capa de moho de la humanidad, no mostrarme al mundo, no compartir sus mismas
preocupaciones. Ocuparme solo de mi seta. Liberar mis esporas con la esperanza
de crear una nueva. Por qué no, incluso venenosa. Solo así me reiría de los que mueren.
Eso, si no me aplastan con sus pies pedregosos.
—¿Y qué te hace creer que podrías ser un micelio?
—La esperanza, querido mío, la esperanza. El deseo de perderme, de desatarme
hacia otro mundo, porque este que compartimos se me queda atravesado en la
garganta. Me repugna. Ya no me soporto en esta piel que Dios me ha dado. Ha
empezado a apestar. Quizá, alguna vez fui limpio, pero hoy, con seguridad ya no.
—Hablas, por decirlo así, de forma retorcida. Las palabras te son extrañas. Estás perdiendo la cabeza.
—Si la hubiera perdido, te habría envenenado hace tiempo.
—¿Cómo te atreves a amenazarme?
—Solo digo lo que siento.
—Más vale que guardes esos pensamientos para ti. Demasiada buena voluntad hiere.
—Te lo digo porque no puedo ser otra cosa que sincero: siento que me desprendo de
la realidad. Cada vez me atrae más el mundo de más allá. Por eso he elegido
transformarme en un corazón de seta, en ese micelio escondido bajo tierra que se ocupa
de lo suyo y construye redes con las raíces de los árboles. Me haría pariente suyo, me
volvería invisible a tus ojos y, al mismo tiempo, indispensable allá abajo. Tal vez incluso
un gigante, un organismo vivo y solitario por debajo y muerto por arriba. Así me
desprendería de esta piel muerta, y capa tras capa me la arrancaría, dejando que
mi carne se secara. Y la costra funcionaría como una barrera contra todos los males
terrenales. Ese aroma a nuez lo sentiría solo yo, y el yodo me curaría.
—Vaya, pero tú realmente crees lo que dices.
—Te dije que no te miento.
—Si lo pienso bien, hasta me das lástima. Pobre de ti, estás perdiendo la razón.
— ¡Qué bien sería!
—Vamos, salud, y no pienses más en la inmortalidad. Déjala venir cuando le parezca oportuno.
—¿Y si nunca viene?
—Entonces mejor, así no tendrás que invitarla a beber.
—No entiendes. Hablo de transcender.
—Sí, sí, trasciende todo lo que quieras, pero paga esta ronda antes de convertirte en un hongo.
—Pienso en el peligro de estar expuesto.
—¿Expuesto a qué?
—A todo. A la respiración de los otros. A su hambre. A su miedo. A su crueldad sin motivo. A su muerte.
—Siempre fueron así.
—No. Siempre fuimos así. Solo que tú aún no te has dado cuenta.
—Por esto estamos aquí.
—¡No! Por eso me escondo a plena vista.
—No hay manera de esconderse.
—¡Lo hay! Se llama renuncia.
—Esto me suena a derrota.
—¡No! La derrota es seguir esperando algo.
—Entonces quieres desaparecer.
—El mundo no nota a nadie. Por esto sobrevive.
Tras un breve silencio:
—Mira, parece que he aprendido de ti: si todos fuéramos así, acabaríamos envenenándonos
unos a otros. ¿Qué te parece?
—Ya lo hacemos hermano. Ya lo hacemos. Por eso algunos sueñan con volverse invisibles.