Por eso, cuando por fin me tocaba dormir con la abuela, para mí era casi una fiesta. Por un lado, tenía un manta increíblemente suave, rellena de plumas, en el que daba gusto acurrucarse. Por otro, a su lado me sentía protegida. En la cama del abuelo era diferente.
Como ninguna de las tres, la abuela, mi prima y yo, dejaba de contar historias y más historias después de apagar la luz, tampoco era de extrañar que luego me diera miedo quedarme dormida sola al otro lado de la habitación. La cama de la abuela estaba bastante alejada de la mía y, una vez apagada la luz, aquella distancia me parecía todavía mayor.
Durante una temporada también tuvimos ratones. Mi prima y yo intentábamos atraparlos construyendo trampas con pequeños trozos de madera que encontrábamos por la casa. En medio poníamos cáscaras de naranja, convencidas de que así conseguiríamos atraerlos.
De vez en cuando, quién sabe por qué, toda aquella construcción se venía abajo de repente y se oía un estruendo. Entonces nos asustábamos todas.
Y luego estaban mis caídas de la cama.
No sé cómo lo hacía, pero, de pronto, en mitad de la noche, se oía un !poc! y allí estaba yo, en el suelo, delante de la cama.
La abuela empezó a preocuparse. Yo, para tranquilizarla, le decía que lo hacía a propósito.
Ahora que lo pienso, ya no estoy tan segura.
¿De verdad me tiraba de la cama a propósito?
Y así iban pasando los días en casa de la abuela: contando historias, escuchándola hablar e inventando un juego detrás de otro.
Recuerdo igual de bien aquellos días de verano en los que la abuela volvía del mercado con más de lo que había llevado. Se entendía con los demás vendedores e intercambiaban productos entre ellos, así que regresaba a casa cargada con kilos de harbuz - sandías, melones y toda clase de frutas y verduras.
Entonces nosotros, los niños, comíamos en abundancia. Había para elegir. Claro que unas piezas llegaban más magulladas que otras; algunas estaban demasiado maduras y otras aún verdes. Las íbamos seleccionando: apartábamos las que servían para conservar en salmuera para el invierno y las que ya estaban realmente estropeadas se las dábamos a las gallinas.
Nada se desperdiciaba.
Tomates también traía la abuela en abundancia. Con ellos preparábamos salsa de tomate en grandes ollas, los cocíamos o los poníamos en conserva para el invierno.
Otra de las cosas que me fascinaban de la casa de mi abuela era el gran cobertizo de madera. Cuando mi abuelo aún vivía, solían criar cerdos allí, pero con el tiempo dejaron de hacerlo. Para nosotros, los niños, casi mejor, porque el cobertizo se convirtió en un lugar de juegos.
Por una escalera se podía subir a una especie de piso superior que ocupaba solo una parte del cobertizo y donde se guardaba el heno para que se secara. Justo debajo estaba el gran telar de madera en el que mi abuela tejía alfombras.
Aquel telar siempre me fascinó. Mi madre le conseguía retales de tela y la abuela nos ponía a cortarlos con unas tijeras en tiras largas y estrechas, que luego utilizaba para tejer sus alfombras.
Llegó un momento en que la abuela ya no pudo seguir tejiendo y nadie continuó con aquel oficio que ella dominaba tan bien. Era un trabajo duro. La veía manejar aquellas grandes piezas de madera entre tantos hilos, una y otra vez. Y cuando se rompía uno de ellos, había que ver con qué paciencia y minuciosidad tenía que repararlo para poder seguir tejiendo.
Aunque aquí quiero detenerme un momento. Es cierto que, con el tiempo, el telar se vendió, pero recuerdo que, cuando yo ya era algo mayor, mi madre hacía colchones en el dormitorio de casa para venderlos. Yo la ayudaba allí.
Utilizaba una especie de bastidor de madera sobre el que tensaba bien las telas. Después las cosía a mano y sujetaba los muelles metálicos unos con otros, atándolos fuertemente con cuerda para que quedaran bien firmes y mantuvieran la estructura del colchón.
Hay algo más que recuerdo con especial cariño: la colina que había junto a la casa de la abuela. A aquella colina subíamos mi prima y yo con dos hermanos gitanos que vivían cerca de nosotros. A veces los otros primos también.
Los hermanos llevaban consigo su vaca con manchas de color marrón cuyo nombre, por más que intento recordarlo, se me ha olvidado. ¡Cuánto me gustaba estar allí, en la colina, con ellos!
Para llegar hasta allí, primero teníamos que cruzar un puente de madera al que a menudo le faltaban algunos tablones. Estaba justo al lado de la casa de mi abuela y unía las dos partes del barrio, separadas por el arroyo.
El arroyo serpenteaba entre las casas, encauzado por diques construidos a ambos lados. Según contaba mi abuela, antes de que existieran aquellos diques, cuando llovía mucho el agua se desbordaba e inundaba las casas. También la suya se había visto afectada alguna vez, y el agua había llegado hasta el jardín.
Sin embargo, de pequeña me costaba imaginar algo así. El arroyo que yo conocía parecía completamente inofensivo: cuando nos metíamos en él, el agua apenas me llegaba a las rodillas.
Después de cruzar el puente, seguíamos por un camino estrecho y enseguida empezábamos a subir la colina.
Los viernes por la tarde, los dos hermanos venían a visitarnos. Vivían unas casas más allá, al otro lado del arroyo. Todavía puedo oír la voz de mi abuela llamándonos:
- ¡Vengan, chicas, que ya están aquí los muchachos!
Se llamaban Marian y Cătălin.
A mi madre no le gustaba enterandose que había pasado tiempo con ellos. En nuestra ciudad, a los gitanos se les culpaba de muchas cosas. Yo no entendía por qué mi madre no quería que estuviera con ellos.
Además, a mí me gustaba Marian. Era un chico un poco gordito, con una cara muy bonita y unos ojos tan oscuros que, cuando me sonreía, yo sentía que me derretía.
A Cătălin le gustaba mi prima. Además, los dos iban a la misma clase.
En la ciudad se decía que la familia de los dos hermanos se había integrado mejor que otras familias gitanas. Sin embargo, ellos nunca entraban en el jardín de mi abuela. Se quedaban fuera, junto a la verja, en la calle, mientras nosotras hablábamos con ellos desde el otro lado, en el jardín.
Y así pasábamos las tardes, separados apenas por una verja, hablando hasta que oscurecía y la abuela nos llamaba para que entráramos en casa.
A la mañana siguiente, temprano, volvíamos a encontrarnos. Ellos nos esperaban en el puente con su vaca y, desde allí, nos íbamos juntos a la colina para que pastara.
Cătălin y mi prima iban delante con la vaca, mientras Marian y yo caminábamos detrás. Yo prefería mantener cierta distancia porque le tenía miedo.
No hablábamos mucho Marian y yo. Nos mirábamos y nos sonreíamos. Debíamos de tener unos onze años.
Una vez arriba, en la colina, las cosas se complicaban un poco. Los perros de los pastores andaban sueltos y, en cuanto nos veían, venían corriendo hacia nosotros entre ladridos.
Los dos chicos intentaban ahuyentarlos como podían, lanzándoles piedras o cualquier cosa que encontraran por el suelo, hasta que aparecían los pastores y llamaban a sus perros.
A veces llevábamos bastones con nosotros para protegernos.
Al atardecer llegaba la hora de volver a casa, y la abuela nos esperaba junto a la verja. Solíamos llevarle flores del cuco, que solo crecían allí, en lo alto de la colina.
No sé si lo he mencionado antes, pero, a mis ojos de niña, mi abuela era una bruja famosa.