Recuerdos y más recuerdos
“Atención, el tren de Viena Estación Central con destino a Bucarest Norte
sale de la vía 9.”
Salimos. No puntualmente, pero ¿qué más daba? Me esperaba un
viaje larguísimo de todos modos e iba a perderme por tiempos olvidados. Lo sabía: en cuanto subía a aquel tren, ya no había vuelta atrás. A medida que avanzábamos, los recuerdos de mi infancia se apoderaban de mí. Y las ruedas tiraban, corrían sin pudor, acelerando al máximo, como locas,
deslizándose, no, mejor dicho, volando sobre las vías.
De vez en cuando una mano larga metálica parecía tirar de las riendas para frenarlas.
Cada viaje hacia el lugar donde crecí hacía que mi pulso se acelerara. Yo, que siempre lo tenía bajo, sentía cómo el corazón empezaba a latir con fuerza. Aquellos viajes me devolvían al lugar que un día había decidido abandonar.
En el momento de partir, de regresar a esa casa, que todavía puedo llamarle casa, el corazón parecía acompasarse con el ritmo de las ruedas del tren.
Ellas seguían avanzando sin vacilar. Atravesaban fronteras, cruzaban países y me llevaban de vuelta a un mundo antiguo con una forma de pensar que no siempre resultaba acogedora. Hasta allí llegaba mi itinerario.
Cuando el tren se detenía,
mis pensamientos
también se detenían con él. Respiraba hondo y me decía:
“¡Venga, va!”
Me dirigía hacia el país, hacia la ciudad cuyas calles había recorrido mil veces, hasta conocerlas de memoria. Volvía al lugar de aquel arroyo pequeño y ágil en el que tantas veces me había bañado y cuyo cauce atravesaba la ciudad de punta a punta.
Por aquel entonces yo era una cría y solía pasar los veranos en casa de mi abuela, junto con algunos de mis primos. A todos nos gustaba estar en casa de la abuela. Allí nos sentíamos libres, aunque la casa no fuera grande y a veces discutíamos para decidir a quién le tocaba ser el siguiente en dormir con ella en la misma cama.
Mi abuela vivía en la parte alta de la ciudad; mi madre y yo, más abajo. El arroyo unía, de algún modo, aquellos dos extremos de mi pequeño mundo.
Recuerdo que mis primos iban a un taller mecánico y regresaban con una enorme cámara de aire de neumático, negra e inflada hasta quedar redonda y firme. A nuestros ojos era una rueda gigantesca. La llamábamos simplemente cameră.
Así que llevábamos la cameră hasta el arroyo y nos lanzábamos a navegar corriente abajo, hasta llegar a la parte de la ciudad donde yo vivía. El recorrido era bastante largo y, de vez en cuando, acabábamos todos en el agua. Entonces parábamos, nos reíamos de la caída y descansábamos un rato antes de continuar.
Nos sentábamos tres o cuatro encima de la cameră, con las piernas colgando y los pies rozando el agua.
“¡Intentemos equilibrar el peso!” - decía mi primo mayor.
Pero no siempre lo conseguíamos. Llevábamos chanclas que se nos escapaban de los pies una y otra vez, y entonces había que recuperarlas antes de que la corriente se las llevara. Otras veces pisábamos las piedras afiladas del fondo y nos hacíamos pequeños cortes en los pies ¡Ay! Levantábamos la pierna fuera del agua y nos quedábamos mirando, casi fascinados, el hilo de sangre que corría por la piel.
Las sandalias con tiras por detrás, que debían protegerme mejor los pies y que mi madre solía comprarme en el Mar Negro, o se me habían quedado pequeñas o las había perdido en el agua. Y en el mercado ruso de nuestra ciudad apenas encontrábamos chanclas, casi nunca de mi número.
Tardábamos un buen rato en recorrer aquel tramo del arroyo con la camera. Había un punto en el que desembocaba en un río mucho más grande, profundo y de corriente más fuerte. Antes de llegar allí, salíamos del agua. Luego emprendíamos el camino de vuelta, rodando la camera por la orilla mientras el sol nos quemaba la piel desnuda.
Cuando hacía mucho calor, los primos íbamos también al arroyo a lavar las alfombras. ¡Qué bien me lo pasaba! Aunque acababa con la espalda dolorida de tanto inclinarme para fregar las alfombras por ambos lados con un cepillo de madera y jabón.
Las que lavábamos éramos mi prima y yo. Los varones ayudaban a llevar las alfombras hasta el arroyo, pero, una vez allí, se dedicaban a jugar entre ellos, a reírse y a echarnos agua mientras nosotras hacíamos el trabajo.
La abuela nos preparaba rebanadas de pan con mantequilla y una botella de sifón que nos llevábamos con nosotros. Comíamos todo y discutíamos sobre quién había comido más. Siempre había alguno que, todavía con hambre, volvía corriendo a casa en busca de algo más.
Cuando terminábamos de lavar las alfombras, las transportábamos en el carrito metálico de mi abuela, de dos ruedas y con una barra larga. Entre todos empujábamos el carrito por el dique inclinado y lleno de piedras, mientras uno de los chicos tiraba de él desde el otro lado.
Y no fueron pocas las veces que amontonábamos demasiadas alfombras unas sobre otras y, al empujar, perdíamos alguna por el camino. Entonces volvíamos a buscarla, la enjuagábamos de nuevo en el agua y la subíamos entre dos por el dique, hasta la casa de mi abuela.
Las alfombras se colgaban sobre las verjas de los jardines y se dejaban allí durante días escurriendose, secándose al sol. De vez en cuando les dábamos la vuelta para que se secaran también por el otro lado.
Durante aquellos días, las verjas de nuestra calle llevaban colores. Al pasar junto a ellas se percibía un olor cálido a humedad, a lana mojada. Los colores parecían bailar al aire libre y la calle entera se convertía en un carnaval.
De niña pasaba mucho tiempo en el arroyo. De vez en cuando llegaba una excavadora para rebajar el dique, y aquello era un espectáculo que no me podía perder. Excavaban una poza en el cauce, lo bastante profunda para que pudiéramos bañarnos. Fue allí, en aquella agua, donde aprendí mis primeras nociones de natación.
Mi primo mayor, en cambio, siempre andaba intentando pescar. Atraía a los peces con trocitos de polenta y, cuando conseguía atrapar alguno de los más pequeños, se lo llevaba para soltarlo en el profundo pozo del jardín de la abuela.
De aquel pozo bebíamos todos. Girábamos la manivela y la larga cadena de metal iba bajando hasta que el cubo, sujeto por un gancho en el extremo, alcanzaba el agua. Luego tocaba hacerlo subir, vuelta tras vuelta y disfrutábamos de un trago de agua fresca
y sorbamos todos de la misma taza.
Al bloque
Cuando estaba en casa de mi madre, salía a jugar con los demás chicos del vecindario. En verano pasábamos el día entero fuera y comíamos cualquier cosa que cayera en nuestras manos: robábamos zanahorias, cebollas y manzanas verdes de los huertos. Jugábamos como locos, hasta que caía la noche y empezaban a llamarnos para que volviéramos a casa.
Dibujábamos con tiza una línea sobre el asfalto y decidíamos que aquel era nuestro terreno. Una vez marcados los límites, empezábamos a darle a la pelota. De vez en cuando aparecía algún coche.
“¡Ahí viene!” gritaba uno de nosotros.
Nos apartábamos, el coche pasaba despacio y, en cuanto se alejaba, volvíamos a adueñarnos de la calle y seguíamos jugando.
El verdadero peligro venía de otra parte. En la época de recoger las nueces había que andar con cuidado y, sobre todo, vigilar la cabeza. A la entrada de nuestros bloques de apartamentos crecían varios nogales cargados de nueces. Para hacerlas caer, lanzábamos palos con fuerza contra las ramas. Y entonces llovía de todo: nueces, hojas, ramitas… lo que cayera.
Recogíamos las nueces del suelo y las abríamos allí mismo. Eran perfectas. Les quitábamos la cáscara verde con un cuchillo pequeño y nos comíamos las nueces al momento. A mi madre le gustaba hacer confitura con ellas; a mí, me gustaba sentarme fuera con los demás y pasar horas limpiándolas mientras hablábamos de todo y de nada.
Al terminar, tenía las manos completamente ennegrecidas por la cáscara, y aquel color tardaba en desaparecer. Así llegábamos al primer día de clase, intentando esconder las manos hasta que la profesora
las veía y nos reñía.