Antes de que me adoptaron mi padre fue enviado a prisión por una pelea. Fue una época que le condenó a tres años de cárcel, a trabajos forzados y con mi madre visitándole siempre que pudo.

La prisión estaba situada en una isla del Danubio, Luciu - Giurgeni, una colonia de trabajo penal y tenía que volar en helicóptero. Le daba miedo volar, me contaba, ella que nunca había volado en su vida, volaba para ver a su marido que poco antes le había gritado y golpeado. 

Pero al volver de la cárcel algo en él había cambiado produndamente. Era como si se hubiera convertido en otra persona, me decía la madre.

Pero para contar la historia de mis padres adoptivos, tengo que empezar diciendo que fueron vecinos desde pequeños. Crecieron el uno al lado del otro, aunque mi padre era cinco años mayor que mi madre.

Con el tiempo, aquella cercanía se convirtió en algo más y, cuando mi madre tenía diecisiete años, los dos decidieron escaparse juntos. Mi padre ya era adulto y era conocido en la ciudad por sus vicios.

Al principio vivieron de alquiler en una casita. Mi abuela iba a escondidas a ver a mi madre para llevarle comida, porque mi abuelo  estaba tan enfadado por la decisión que había tomado su hija que decidió no volver a hablarle y, además, le prohibió a mi abuela que la ayudara. 

Por eso, mi abuela iba a escondidas a ver a mi madre y le llevaba comida sin que mi abuelo lo supiera.

Según me contaba mi madre, el abuelo mantuvo su palabra durante un año. Hasta que un día ella se encontró a mi abuelo  en la calle en un estado bastante de embriaguez y lo ayudó a llegar a casa. 

Al ver aquello, mi abuela empezó a reprenderlo: ¿cómo podía seguir guardándole rencor a su hija después de que ella lo hubiera ayudado a volver a casa en esas condiciones? 

Poco a poco, mi abuelo fue dejando atrás su enfado y la relación entre ellos comenzó a recomponerse.  

Por lo que he podido entender, la relación entre mi madre y mi abuelo, su padre, era en cierto modo, difícil de comprender. Cuando mi madre se escapó con mi padre, mi abuelo se enfadó profundamente por lo que había hecho su hija. 

Sin embargo, años atrás, cuando él había regresado de la guerra, durante años ni siquiera reconocía a mi madre como su propia hija.

Es curioso cómo se construyen y evolucionan las relaciones entre las personas a lo largo de la vida.

Hubo un tiempo en que mis padres incluso trabajaron juntos: tata como conductor de autobús y mi mamá como cajera. Mi madre me contaba que le gustaba pasar tiempo con él. Lo amaba, me decía.

Más tarde, ella consiguió un trabajo en la Cooperativa Solidaritatea como costurera, que era su profesión. En la época comunista, los trabajadores estaban obligados a participar en la Gărzile Patriotice, la Guardia Patriótica, un cuerpo de guardia que se había formado para apoyar al ejército durante la guerra. 

Cuando sonaba la alarma por la noche, fuera la hora que fuera, mamá y los demás miembros tenían que ponerse su uniforme verde y marchar al lugar que les mandaban. En las afueras de la ciudad, estaba el campo de entrenamiento, donde aprendían a disparar. Solía contarme que en los días siguientes perdía la audición.   

En este tiempo mi padre trabajaba como taxista y hacía de chófer para el ayuntamiento de la ciudad. Hasta que un día tuvo un accidente y el volante le dañó el hígado. A partir de entonces, su salud empeoró.

Y fue solo después de todos aquellos años cuando llegué yo a sus vidas, cuando decidieron adoptarme.



Era un día de verano, seguro, porque hacía calor y recuerdo que estuve jugando fuera toda la tarde. No llevaba mucha ropa, una camiseta y unos pantalones cortos. Correr me hacía sudar y, sin embargo, no dejaba de jugar con los otros. 

Pillapilla era. 

El sabor salado del sudor en mi frente, pasándole con la mano para quitarlo, no me importaba. Y el brillante sol reflejaba su luz con tanta fuerza en mi camino que veía parpadeos. Tampoco me molestaba, porque me encantaba jugar al aire libre con los demás. 

Durante las vacaciones de verano podía pasármelo todo el día fuera solo para no tener que entrar en casa, porque mamá siempre daba tareas: “haz esto y aquello", y a mí eso no me gustaba. Si tenía que ayudar en casa, me ponía a soñar enseguida estando con la cabeza en otro lugar para no darme cuenta de lo que estaba haciendo de verdad: quitar el polvo de la vitrina. 

Pero en un día tan hermoso como ese, no era el caso. Me dejaban estar fuera, mamá estaba en su trabajo y mi padre cuidaba de mí. Todavía lo puedo ver ante mis ojos, sentado en un taburete justo a la entrada de nuestro bloque mirándome jugar.

      - Cristinica, ¡tráeme mis dulces de la cocina por favor! 

      - Pero estoy jugando papá ¿puedo hacerlo más tarde?

      - No, venga, hazlo ahora.

Entonces salía corriendo y le llevaba a mi padre las pastillas y tabaco que quería. Eran sus caramelos.

Por muy bonitos que fueran algunos de aquellos recuerdos, con el tiempo adquirieron para mí una tristeza distinta. Mi padre murió a los cuarenta y nueve años, y aquellos “caramelos” que yo le llevaba eran, en realidad, morfina para aliviar su dolor.

Ricardo Piglia escribió que “un cuento siempre cuenta dos historias”. Así fue también la nuestra. Por un lado, estaba la historia de una niña de nueve años que solo pensaba en jugar; por otro, una historia que aquella niña no podía ver: la del dolor y el sufrimiento de su padre.

La enfermedad lo había debilitado tanto que apenas podía caminar. Solo mucho después comprendí el significado de algunas imágenes que quedaron grabadas en mi memoria: el taburete, sus descansos en las escaleras, la dificultad de cada paso.

A veces me pregunto qué significa realmente este recuerdo. Si hubiera sabido que tata estaba tan enfermo, que iba a morir, jamás le habría llevado aquel tabaco que tanto daño hacía a sus pulmones. 

Pero yo era pequeña y todo aquello me resultaba demasiado grande para comprenderlo. 

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