Con mis padres vivíamos cerca de la Escuela n.º 3. Allí empecé primero de primaria y permanecí hasta octavo curso. Los cursos de primero a cuarto estaban separados de los de quinto a octavo.

Recuerdo que llegué a primero muy ilusionada y con muchas ganas de hacerme mayor. Empecé la escuela con siete años y algunos meses, ya que el año anterior mi madre había preferido esperar, porque consideraba que todavía era demasiado pequeña.

Mi primera maestra era una mujer ya algo mayor, pero recuerdo que era muy buena y cariñosa con nosotros. Por desgracia, empezó a enfermar cada vez con más frecuencia, hasta que finalmente tuvo que dejar su puesto. No fue hasta segundo cuando por fin tuvimos una maestra fija. Era una profesora nueva que acababa de llegar a la ciudad y que, desde el principio, demostró ser una buena maestra, atenta y muy implicada con su grupo de alumnos.

Con el tiempo, además, acabó haciéndose amiga de mi madre, aunque esa ya es otra historia.

En aquella época, el uniforme formaba parte de nuestras vidas desde muy pequeños. Ya en la guardería, a partir de cierta edad, nos convertían en Halcones de la Patria. Había distintos grados: los pequeños y los mayores. Cuando éramos pequeños, las niñas llevábamos una faldita roja y una especie de chaqueta naranja, a la que, más adelante, se añadió también el pañuelo rojo. Y , para completar el uniforme, llevábamos también un pequeño sombrero rojo.

Según nuestros méritos y las actividades en las que participábamos, recibíamos unas pequeñas insignias que íbamos añadiendo como símbolo de reconocimiento. Para nosotros, aquellos detalles tenían su importancia.

Al crecer, ya en primero o segundo de primaria, la tradición continuaba y con ella cambiaba también nuestro uniforme. Pasábamos a llevar una falda azul marino oscuro, un cinturón dorado con una hebilla redonda que, por aquel entonces, a mí me parecía preciosa, una camisa blanca, el mismo pañuelo rojo y una boina blanca. Recuerdo lo orgullosa que me sentí cuando por fin alcancé aquel grado y pude vestir ese uniforme. Además, algunos alumnos mayores hacían de lo que hoy llamaríamos nuestros buddies, mentores: nos orientaban, nos daban consejos y, de alguna manera, cuidaban de nosotros. 

También entonces se premiaban los méritos. Recibíamos cordones de distintos colores que llevábamos sujetados al uniforme y que indicaban los reconocimientos que habíamos conseguido. Bastaba con mirarnos de lejos, para saber quién había alcanzado qué grado.

Visto desde hoy, todo aquello puede parecer una gran puesta en escena, con sus uniformes, insignias, grados y pequeños rituales. Pero yo era una niña y lo vivía de otra manera: formaba parte de aquel mundo con enorme ilusión y disfrutaba de cada nuevo distintivo.

Después llegó el uniforme azul de la escuela primaria:  un vestido, medias blancas y un delantal de cuadros blancos y azules. En el pecho llevábamos una insignia con el nombre y el número de la escuela. Comparado con el de los Halcones de la Patria, he de decir que no me pareció gran cosa. Después de tantos colores, pañuelos, insignias y distintivos, aquel uniforme me resultaba bastante sencillo. Me había imaginado que empezar la escuela, siendo ya “mayor”, vendría acompañado de algo más especial.

Como era habitual cada año, nos hacían fotografías que más tarde se convertían en pequeños regalos para nuestros padres. Lo típico era con un mapa de fondo, sentados en el pupitre, con una pluma en la mano, teníamos que mirar fijamente a la cámara, como si estuviéramos escribiendo. 

El 8 de marzo, el Día de la Madre, también nos hacían una fotografía especial. Mi madre me ponía lazos blancos de tul en el pelo. Aunque lo llevaba corto, los sujetaba con una diadema para que parecieran dos grandes moños.

Cuando revelaban las fotografías, nos las llevaban a clase. En el reverso copiábamos unas palabras que la maestra escribía en la pizarra. Todos escribíamos exactamente lo mismo:

“Dragă mamă!
Cu ocazia zilei de 8 Martie, îți dăruiesc un mărțișor și o floare.
.. .”

Después mi madre pagaba la fotografía convertida en felicitación y la guardaba con una alegría que entonces yo no alcanzaba a comprender.


Cada comienzo de curso era todo un acontecimiento. En el patio de la escuela formábamos un gran cuadrado. Los maestres se colocaban delante de todos y empezaban a llamar a los alumnos por su nombre. Uno a uno nos acercábamos a nuestra maestra y entrábamos juntos en el aula. Era entonces cuando la tovarășa învățătoare - la camarada maestra, o simplemente toașa învățătoare, como todos la llamábamos - recibía los ramos de flores. Poco después, con la Revolución, dejó de ser la camarada maestra para convertirse en la señorita o señora maestra.

Durante los años del comunismo, todas las mañanas empezaban igual. Antes de entrar en la escuela teníamos que hacer gimnasia en el patio. No importaba si llovía, nevaba o el frío nos cortaba la cara. Levantábamos los brazos, saltábamos y subíamos las rodillas al pecho siguiendo los mismos movimientos de siempre. Solo cuando acababa la înviorarea, los ejercicios de calentamiento, nos dejaban entrar en clase.

En la puerta siempre había alumnos de octavo con un brazalete que los identificaba como responsables de turno. Vigilaban la entrada y decidían quién podía pasar antes de que sonara el timbre. Los demás esperábamos fuera hasta la hora exacta. Yo los miraba con admiración. Me parecían casi adultos.

Una vez en el aula, antes de empezar la primera clase, nos poníamos todos de pie. Cantábamos el himno de Rumanía y dirigíamos la mirada hacia el retrato de Ceaușescu, colgado sobre la pizarra: lo saludábamos. Solo entonces nos sentábamos.  Luego, la maestra hacía su pequeña inspección. Iba pasando entre los pupitres mientras nosotros colocábamos las manos “limpias” sobre la mesa, primero de un lado y luego del otro, para que pudiera comprobarlas bien.

También teníamos que enseñarle un pañuelito blanco, igualmente limpio y bien planchado, que mi madre se encargaba de ponerme cada día en la cartera. Solo después de aquel pequeño ritual comenzábamos, por fin, a aprender. 

De vez en cuando, en medio de aquella inspección, se oía un chasquido seco. Alguno de mis compañeros no llevaba las manos “lo bastante limpias” y recibía un golpe con una varita de madera sobre los dedos. En esos momentos se hacía un silencio extraño.

Y si no habíamos estudiado lo suficiente o no llevábamos bien preparada la lección, cuando la maestra nos preguntaba podía llegar otro castigo: un buen tirón de esas pequeñas patillas junto a las orejas. ¡Ay! Eso sí que dolía.

Después llegó la Revolución y, poco a poco, muchas de aquellas costumbres desaparecieron. Dejamos de ser Halcones de la Patria, ya no hacíamos los ejercicios matutinos todos juntos en el patio de la escuela y el retrato del dictador dejó de presidir la pared del aula. 

También desapareció el uniforme. De pronto, íbamos a la escuela vestidos con nuestra ropa de calle y las clases simplemente comenzaban, sin toda aquella ceremonia que hasta entonces había formado parte de nuestra vida cotidiana. 



Recuerdo que aquel día estaba en el centro de la ciudad, de camino a casa, cuando, de repente, vi a mucha gente reunida frente al ayuntamiento. Algunos llevaban pancartas, gritaban y coreaban consignas cuyo significado yo no alcanzaba a comprender.

Desde las ventanas empezaron a volar retratos del presidente. La gente escupía sobre ellos, los tiraba al suelo y los pisoteaba. Por las calles caminaban grupos de personas y cada vez se unía más gente. El bullicio crecía por momentos. Yo miraba todo aquello sin entender muy bien qué estaba pasando.

Cuando por fin llegué a casa, mi madre salió a mi encuentro, preocupada y enfadada por haber tardado tanto.

- ¡Vamos, que hay una revolución!

El resto lo seguíamos por televisión. Estábamos todos frente a la pantalla, mirando atónitos. Se hablaba de muertos, de jóvenes estudiantes tiroteados en las calles de la capital, mientras Timișoara estaba en plena revuelta.
Capturaron al dictador y a su esposa. En la televisión mostraron las imágenes de su ejecución. Setenta y pico de balas decían. Todo aquello lo contemplábamos desde casa, frente al televisor. 
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