Como vivíamos en la planta baja, yo me subía a un taburete, salía por la ventana y me adentraba directamente en la nieve. Mi madre me reñía:
- ¡Eres como los gitanos! ¡No somos gitanos!
- Pero mamá ¿por qué salen los gitanos por las ventanas?
Entonces yo no entendía a qué se refería mamá. Fue más tarde que me fui dando cuenta sobre los prejuicios contra los gitanos.
El frío del invierno con su blanco manchado de la nieve, me devuelvan el recuerdo de mi padre que me arrastraba por la ciudad en un trineo pintado de azul y con unas cuerdas que siempre parecían a punto de romperse.
Me abrigaba bien para protegerme del frío: una bufanda muy gruesa que me tapaba hasta la boca, y que yo detestaba, un gorro ruso de piel con orejeras y una manta sobre el regazo. Y así iba yo, bien arropada, mientras mi padre tiraba del trineo por las calles nevadas.
Sentada en el trineo, solía cerrar los ojos e imaginar que viajaba en un carruaje tirado por caballos.
En invierno, aquellos carruajes iban adornados con campanillas que tintineaban al avanzar. Eran tan bonitos que resultaba difícil apartar la mirada de ellos. Cubiertos con gruesas alfombras de lana y decorados con toallas tradicionales bordadas en rojo y negro, transportaban a mujeres, niños y ancianos, en su mayoría gitanos.
Se les oía llegar desde lejos. Las campanillas tintineaban al compás del trote de los caballos y, entre aquel sonido, se escuchaban las voces de los niños, que parecían cantar siguiendo el mismo ritmo.
Los carruajes rumanos tenían, básicamente, la forma de una larga caja de madera sobre cuatro ruedas, dos delante y dos detrás. Un tablón colocado en la parte delantera servía de banco para el conductor. Los demás viajeros se acomodaban como podían en el suelo de la caja.
Los más traviesos se sentaban en los bordes o en los pequeños estribos de madera del exterior, con las piernas colgando. Cuando nevaba mucho, se quitaban las ruedas y se colocaban en su lugar una especie de patines de madera, a veces reforzados con caucho, que convertían el carruaje en un gran trineo.
Y yo, desde mi pequeño trineo azul, soñaba con ir con ellos.
Aquellos inviernos crudos han quedado grabados en mi memoria. En las noches oscuras, apenas iluminadas, solo distinguía la silueta de mi padre caminando delante de mí, guiándome de regreso a casa. Yo iba detrás, con la bufanda cubierta de pequeños carámbanos que se formaban con el vaho de mi respiración.
Así recuerdo aquellos inviernos: oscuros, blancos e interminablemente fríos.
Y no es solo mi memoria la que los recuerda de ese modo. Según datos sobre las temperaturas invernales registradas por entonces en Rumanía:
“O altă iarnă din această categorie, cea din 1984-1985 nu a fost doar friguroasă, cu temperaturi ce s-au “dus” iarăși sub -30 de grade, ci și extrem de lungă, durând până aproape în aprilie”.
"Otro invierno de esta categoría, el de 1984-1985 no sólo fue frío, con temperaturas que de nuevo "bajaron" de los -30 grados, sino también extremadamente largo, durando casi hasta abril". [1]
Además del trineo, otra de las cosas que más me gustaban del invierno era patinar sobre hielo.
Unos primos me habían regalado unos viejos patines de piel negra, bastante deteriorados y mucho más grandes que mi número. Eran los mismos primos que trabajaban en la entrada de la pista de patinaje de la Escuela n.º 2. Yo esperaba pacientemente en la cola y, cuando por fin se acercaba mi turno de entrar y pagar, alguno de ellos decía:
- Es mi prima. Dejadla entrar.
Y así entraba yo.
No tuve mucha relación con aquellos primos. Eran hijos de un hermano de mi madre y tenían fama de ser bastante traviesos. Por Pascua hacían explotar carburo, una práctica peligrosa con la que dos de ellos habían llegado incluso a perder algún dedo.
Con los años, la vida de aquella familia tomó un rumbo triste. Mi tío y sus hijos enfermaron de tuberculosis y fueron muriendo uno tras otro. La primera en faltar, sin embargo, había sido la madre de mis primos, aunque ella murió a causa de otra enfermedad.
Como entonces era habitual ayudarse unos a otros, mi madre, que era costurera y muy hábil con las manos, se encargaba de preparar los ataúdes. Los forraba por dentro con tela blanca y una especie de tul. Colocaba también un pequeño almohadón relleno de virutas de madera y adornaba todo el contorno con una cinta negra.
Hasta que terminaba el trabajo, el ataúd permanecía en el salón de nuestra casa. Durante aquellos días, el olor de la madera recién cortada impregnaba las habitaciones.
Dependiendo de la época del año y del calor que hiciera, aquel olor podía sentirse con mayor o menor intensidad, pero nunca pasaba desapercibido.
A mí me recordaba a la muerte y los muertos siempre me han dado miedo.
Más allá de aquel olor que yo asociaba con la muerte, recuerdo la pista de patinaje como un lugar inmenso. El hielo brillaba bajo las luces, sonaba la música y siempre estaba llena de gente.
Mis patines me quedaban tan grandes que apenas podía deslizarme sin agarrarme a la pared. Pero no me importaba. Disfrutaba de cada instante y volvía a casa feliz, con los pies entumecidos por el frío.
Al llegar a casa, mi padre me quitaba las botas y mi madre me preparaba un cuenco con agua caliente. Meter los pies era lo peor. Al principio dolía tanto que casi quería sacarlos, pero, poco a poco, el dolor desaparecía y el calor se iba apoderando de ellos.
Antes de dormir, mi madre envolvía un ladrillo caliente en un trapo y lo colocaba a los pies de la cama. Aquel calor nos duraba hasta la mañana siguiente.
Recuerdo a mis padres y a mí sentados juntos en el borde de la cama, compartiendo aquel pequeño espacio y aquel calor.
Entonces no necesitaba nada más. Aquello era todo para mí.
[1] https://vremea.ido.ro/stiri/1412-cele-mai-geroase-ierni-din-istoria-romaniei-1412/
En la ciudad había un carnicero que se encargaba de sacrificar los cerdos. Desde la veranda oíamos los chillidos del animal. Algunos de mis primos, más fuertes de corazón, se atrevían a mirar por la ventana. Yo no. A mí me bastaba con oír aquellos gritos.
Poco después se abría la puerta y nos dejaban salir. El cerdo, ya degollado, yacía panza arriba sobre un soporte de madera que lo sujetaba por las patas delanteras y traseras, a ambos lados.
Debajo del cerdo, un charco de sangre manchaba la nieve. El abuelo echaba serrín para cubrir aquel rojo y también las huellas ensangrentadas que los galoși habían dejado en la nieve hasta la verja.
Los galoși eran una especie de chanclos de goma, algo más grandes que el pie, dentro de los cuales se podía llevar el calzado.
En invierno nos los poníamos sobre los zapatos para salir; en verano, en cambio, metíamos en ellos los pies descalzos. Nosotros, los niños, caminábamos con aquellos galoși enormes, tropezando a cada paso y riéndonos unos de otros.
Al entrar en casa, los dejábamos junto a la puerta.
Una vez matado el cerdo, recuerdo que primero le quemaban el pelo con una llama. ¡Qué peste! Después le abrían el vientre a lo largo y le sacaban los órganos.
A nosotros, los niños, nos rellenaban la vejiga y nos la daban para que jugáramos con ella como si fuera una pelota. Jugábamos hasta que se rompía y acababa olvidada en algún rincón del jardín.
La casa de mi abuela estaba llena de gente. Sobre la gran mesa se amontonaban trozos de carne y grasa, ollas, cacerolas y una picadora para la carne y los menudillos. Todo era un ir y venir de manos ocupadas, cada una con su tarea.
Se hacían salchichas que luego el abuelo ahumaba en un pequeño barracón junto a la casa. Se preparaba una gran polenta y la carne se asaba al calor de la estufa. Después, todos nos sentábamos alrededor de la mesa, felices ante aquel banquete.
Durante días, incluso semanas, todo olía a humo. Aquel olor impregnaba la carne y los embutidos y parecía quedarse también en la casa. Y yo disfrutaba cada vez que volvía a probar un trozo de aquel salchichón o de aquella carne.
Más tarde, repetíamos aquella misma tradición en el bloque de apartamentos donde vivíamos mi madre y yo.
Por aquel entonces, después de la Revolución, a mi madre le permitieron cercar un pequeño terreno alrededor de nuestras ventanas. Aquel espacio se extendía a lo largo del bloque hasta la parte trasera y, con el tiempo, acabó convirtiéndose en una especie de pequeño jardín.
Detrás de la casa guardábamos la leña para el invierno y también estaba el corral de las gallinas o de los patos, según el año. Mi madre cambiaba de idea de un año para otro.
Mi madre sacrificaba los pollos y los patos y yo, ya un poco mayor, la asistía y la ayudaba. Con el tiempo, se prohibió tener animales en los bloques de viviendas de las ciudades y aquella costumbre desapareció.
Sobre el fuego calentábamos una gran olla de agua en la que sumergíamos, enteros, los pollos o los patos recién sacrificados. Así resultaba más fácil desplumarlos.
Las plumas se secaban y se guardaban para rellenar las almohadas. Tampoco se desperdiciaban las alas: con ellas hacíamos pequeñas escobillas que utilizábamos para recoger las migas de la mesa. Las conservábamos durante años, usándolas una y otra vez, hasta que estaban tan deterioradas que ya no servían y había que tirarlas.