Aquella luz en penumbra, desde la esquina del ángulo estrecho entre la pared y el armario, aquella luz en penumbra me devuelve a un tiempo del que apenas conservo recuerdos, salvo que algo me hacía esconderme allí. No sé qué me llevaba a hacerlo, pero el lugar me servía de refugio, a mí, una niña recién adoptada de apenas tres años. Porque es ahí donde empieza mi memoria de la infancia.
Según mi madre adoptiva estaba muy asustada cuando me trajeron del orfanato. Tan asustada que, si me hablaban o me miraban, me ponía a llorar. A menudo me escondía detrás de aquel armario del que no salía durante tiempo. De mayor le preguntaba a mi madre si sabía por qué lloraba:
“No, no lo sé. Nadie sabía. No es que te trataba mal, al contrario, cuando dormías, me inclinaba sobre ti para ver si aún respirabas. Estaba preocupada, no sabía lo que significaba tener una hija pequeña.”
Al llegar a casa de mis padres adoptivos no hablaba. Según me contaron no empecé a hablar hasta los cuatro años. Ellos ya se resignaron, con que su hija no iba a hablar, hasta que un día le aconsejaron a mi madre de robar un trozo de pan a una gitana* para dárselo de comer a su niña. Así haciéndola hablar. Y se atrevió mi madre. Robó un trozo de pan de una gitana arriesgando ser atrapada:
“¿Qué haces mujer?”
“Es que, me dijeron que si robase un trozo de pan tuyo mi hija empezaría hablar.”
Y la gitana se río.
“Llévatelo que, si va a hablar como yo, te hartarás de ella.”
Son las palabras que recuerdo de mi madre contándome. Y como por encanto parece que empecé a hablar, soltando palabras que inundaban, arroyos que fluían, hablaba como una cascada me dijeron.
Mis recuerdos de aquellos años se han quedado grabados en mi memoria como una serie de imágenes que, de vez en cuando, se activan y me transportan de nuevo a aquel lugar, a aquel instante. Una de esas imágenes es la de mi guardería quemada. Colores oscuros y algo de negro-gris flotando en el aire. Supongo que era el humo. Según me contó mi madre, una compañera y yo fuimos de las últimas niñas sacadas de alli. La guardería estaba justo detrás del bloque en el que vivíamos. Pasar por allí dejaba una impresión extraña: solo se destinguían siluetas negras.
Después del incendio me trasladaron a la guardería de la colina. Recuerdo bien el camino. Pasábamos por delante de la Escuela N.º 3 , luego junto al Orfanato de niños Casa de copii y continuábamos subiendo por aquella calle hasta llegar, finalmente, a la guardería. Era un recinto grande, con varios edificios y muchos grupos de niños. Allí incluso me quedaba a dormir y mis padres venían a recogerme por la tardenoche.
En mi grupo había algunas niñas con las que permanecí hasta que terminamos la guardería. Una de ellas era G.
Su padre viajaba al extranjero y le traía cosas que para nosotros, en aquella época, no existían. Entre ellas estaban aquellos ositos de gominola de distintos sabores. Gummibären. ¡Cómo me gustaban!
Venían de Alemania. Recuerdo cómo le pedía a G.:
“Dame otro … Y otro más …”
Y , después de aquel, todavía quería otro.
En la guardería se organizaban muchas fiestas y espectáculos en los que participábamos. Y, como era habitual entonces, aquellos momentos quedaban inmortalizados en fotografías. Fotografías que ahora, mientras escribo estas líneas, algunas tengo delante de mí.
Muchas de ellas las hacía el abuelo de G.. Le faltaba una mano y llevaba sobre el brazo una especie de protector negro de plástico, algo que a mí me parecía a un enorme dedal. El dedal lo conocía de antes, lo había visto tantas veces entre las manos de mi madre, mientras cosía. Y así, con una sola mano y aquel enorme dedal, el abuelo de G. recorría la ciudad en bicicleta. Su imagen, de algún modo, me inspiraba un poco de miedo.
También recuerdo a una educadora muy severa, una mujer ya mayor, de largo cabello blanco, que unas veces lo llevaba recogido y otras lo dejaba caer sobre la espalda. Solía vestirse de negro. Señora Lobo (su nombre traducido del rumano) era conocida por su severidad.
Hay una escena con ella que permanece especialmente viva en mi memoria. Estábamos todos sentados en nuestras pequeñas sillas, formando un círculo, mientras ella nos hablaba. Probablemente yo había hecho algo que no debía, aunque ya no recuerdo qué.
Lo que sí recuerdo es que empezó a reñirme. En un momento dado, me cogió de la mano, me puso boca abajo sobre sus rodillas, me bajó los pantalones y comenzó a darme palmadas.
También recuerdo lo que ocurrió después. Mi padre fue allí y se enfrentó a ella para defenderme. Recuerdo que mi madre me contaba que él decía: “Yo no adopté a una niña de un orfanato para que alguien viniera después a pegarle”. Estaba dispuesto a defenderme a toda cosa.
Con él tengo ante mis ojos algunos recuerdos aislados. Recuerdo que, cuando mi padre volvía del trabajo por la noche, trabajaba como taxista, me enseñaba todo el dinero que había ganado ese día y me lo daba a mí. Me decía que todo lo que tenía era para mí. Mi madre se reía.
A la mañana siguiente, cuando volvía a salir a trabajar, cogía de nuevo ese dinero y a mí me dejaba 5 bani. En aquel entonces para mí lo único que importaba, era que aquellos momentos que pasaba con él eran maravillosos.
Otro día podía aparecer con diez anillos que me había comprado a unas gitanas. Diez anillos, uno para cada dedo. Así era mi padre.
Había veces que jugábamos a la pelota en el salón. Cerrábamos las puertas que daban al pasillo y las usábamos como porterías. Cuando mi madre nos veía jugando así, nos regañaba.
Las tardes en las que volvía a casa y coincidía que estaban dando su programa favorito, Tezaur Folcloric, nos sentábamos los tres a verlo. Entonces él empezaba a bailar por toda la casa, tal como estaba, en sus calzoncillos largos blancos y me sacaba a bailar con él y los tres nos divertíamos mucho.
Además, me llevaba a todas partes con él . Cuando llegaba el circo a la ciudad, íbamos juntos y me montaba en las barquitas. En ellas no sentía el miedo que sentía cuando venía a recogerme de la guardería y me subía sobre sus hombros. Allí arriba sí sentía un poco de miedo, porque todo se balanceaba conmigo.
Una vez me golpeé la ceja derecha. Llevaba una blusa blanca e iba da la mano con él hacia el columpio. Para mí él era grande y fuerte y yo me agarraba a su mano como podía. Acababa de mostrarme un nido de cigüeñas cuando me soltó la mano.
“Anda, quédate aquí, en el columpio. Yo voy un momento al estanco y enseguida vuelvo.”
Al regresar me encontró caída debajo del columpio con la blusa cubierta de sangre. Recuerdo que me cosieron en la policlínica. Recuerdo que llegué a casa y mi padre me trajo un pajarito en sus manos. También recuerdo que ese pajarito empezó a volar por toda la casa, no paraba de trinar y golpeaba contra lo que encontraba, hasta que se le abrió la ventana del cuarto de baño y salió disparado.
* Los términos “gitana”/“gitanos” se utilizaban habitualmente en los años ochenta, incluso los noventa en Rumanía, sin que yo ahora le atribuyera ninguna connotación discriminatoria o despectiva.