Cristina Messnik  

                                                                                         

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"BARCELONA, GITANA MEVA" - Proyecto artístico participativo con mujeres gitanas, 
con el Instituto Romanò para asuntos sociales y culturales, Servei_noubarrisconviu Barcelona y el Foro Cultural de Austria en Madrid




                 

Barcelona, gitana meva.

Barcelona despertó en mí un deseo inesperado: el de no regresar. No fue una decisión, fue más bien una inclinación del alma, casi un desplazamiento interior, como si la luz del sur hubiera despertado algo profundo en mí y me hubiera ahuyentando del sueño invernal. 

Esperé a las mujeres en la esquina porque ahí daba el sol. Eran alreredor de las 9 de la mañana. Demasiado puntual para mi estilo. Estaba en la calle Romaní, rodeada de naranjos. Los frutos colgaban encendidos, uno junto al otro, y había algo profundamente bello en esa repetición silenciosa:

Llegaron las mujeres. Primero algunas. Luego otras desde La Mina. Entramos en la sala donde pasaríamos horas juntas. Al principio hacía frío y encendimos una estufa eléctrica. Recuerdo ese detalle con claridad: la necesidad de crear calor cuando el espacio todavía no es propio.

Yo llevaba un plan. Un orden. Una estructura.
Pero las cosas no sucedieron según lo previsto.

Me escuchaban. Con respeto. Con atención. Y, sin embargo, sentí que algo en mí debía de parecerles ajeno. En la pausa alguien dijo que yo era estricta. No lo dijo con reproche, sino como constatación. Me quedé con esa palabra flotando dentro de mí.

Entre ellas estaba la joven rumana que había huido de Rumanía pensando que Austria sería algo mejor. Y lo fue, supongo; de lo contrario no me habría quedado. Pero el estar allí, en Barcelona, con esas mujeres, tenía otra densidad: algo que no se mide en términos de “mejor” o “peor”.

Ahora, mientras escribo, puedo volver a esa sala. La memoria tiene esa capacidad de transportar. Y me pregunto si supe valorar lo que estaba ocurriendo, si comprendí la delicadeza de ese momento compartido.

Hablamos de poesía, de Bronislawa Wajs, Papusza,
la poeta gitana que se atrevió a escribir cuando no debía. Que pagó un precio por creer en su propia voz, por confiar en su fuerza de poner palabras en el mundo. Su historia les conmovió profundamente, su valentía, lo que significa escribir cuando no está permitido, cuando la voz propia es vista como traición. Sentí que su espíritu estaba con nosotras, no como una figura lejana, sino como una presencia discreta que nos recordaba que la palabra puede ser hogar y riesgo al mismo tiempo.

Intenté proponerles algo: buscar palabras juntas. Acompañarnos en el gesto mínimo de escribir. Poner una palabra sobre un papel en blanco. Y mientras lo decía, sabía que yo misma conozco ese temor. Me encuentro a menudo ante la página vacía. Y el miedo aparece:
¿y si no hay palabra?

Pero ellas hablaron. Encontraron sus palabras. Formularon lo que llevaban dentro con una claridad que no necesitaba ornamento. Era su verdad.

Y en ese momento entendí que lo maravilloso no era mi plan, ni mi estructura. Lo maravilloso fue que la palabra apareció. 

El momento juntas tuvo valor porque fue único. Irrepetible en su forma exacta, en su respiración compartida. Y me pregunto ahora, al recordarlo: ¿lo aprecié de verdad mientras estaba sucediendo? ¿O solo lo comprendo ahora, cuando ya pertenece al pasado?

Ay, cómo me gustaría volver a aquello.

Bea vino a fotografiar. Capturó momentos, ojos, sonrisas, gestos de ellas. No sé si fue posible fotografiar el frío que sentíamos al principio. Ese frío que estaba en el aire, en las manos, en la distancia inicial. Tal vez no. Tal vez ese frío desapareció antes de poder fijarse en una imagen.

Las palabras cálidas de nuestros corazones, la curiosidad compartida, fueron desplazándolo. Nos calentamos a través de las palabras. Como si cada frase encendida fuera una pequeña brasa.

Quizá el frío se fue porque empezamos a nombrar.
Quizá el frío desaparece siempre cuando alguien se atreve a decir “yo”.

Y yo estuve allí con ellas. Y eso fue real.

                                              ***

El segundo día nos encontramos bajo el Arc de Triomf.
Qué símbolo más poderoso aquel. Libertad. Apertura. Paso hacia algo nuevo. Nosotras, mujeres que apenas acabábamos de conocernos, estábamos allí con una energía que rozaba la conquista del mundo. Al menos, la de Barcelona.

Y sí, por unas horas la ciudad fue nuestra.

Caminamos hacia la Ciutadella, aquel espacio que en otro tiempo fue fortaleza impuesta, símbolo de control y sometimiento. Pensé en la historia mientras avanzábamos juntas. Y me gustó imaginar que, de algún modo invisible, aquel lugar se rendía ante nosotras. Pero no era una conquista en el sentido antiguo de la palabra. No queríamos dominar nada. No se trataba de imponerse. Se trataba de compartir. Compartir lo bello. El tiempo. La risa. La presencia.

Éramos simplemente ciudadanas caminando juntas. Y, sin embargo, había algo profundamente político en ese gesto sencillo: ocupar el espacio con nuestros cuerpos, con nuestras voces, con nuestra complicidad recién nacida.

Juntas tiene sentido.
Juntas podemos.
Juntas estamos.
Juntas existimos.

Los árboles y los pájaros fueron testigos.
Cómplices silenciosos de nuestras risas, de nuestros pasos, de esa energía que parecía expandirse más allá de nosotras mismas. El aire estaba lleno de algo ligero, casi invisible, pero profundamente real.

La cámara de Bea capturó todo aquello: lo alegre, lo verdadero. Los gestos espontáneos, las miradas que ya no eran tímidas, las sonrisas que nacían sin esfuerzo. Quizá también capturó lo que no se ve a simple vista: el momento en que dejamos de ser desconocidas para convertirnos en un pequeño “nosotras”.

Me gusta pensar que incluso los árboles lo sintieron. Que los pájaros, al levantar el vuelo, llevaron consigo algo de ese instante.

Porque lo que fue compartido no desaparece del todo. Permanece. En la memoria. En las imágenes. En nosotras.

Y no quisimos detenernos allí. Seguimos avanzando hacia la Barceloneta. No fue poco. Caminamos porque caminar nos hacía bien. Porque el movimiento nos ordenaba por dentro. Cada una en lo suyo, cada una en lo propio, y al mismo tiempo juntas. Hablando. Recordando. Sintiendo mientras aún estaba ocurriendo.

Los edificios altos se alzaban a la izquierda y a la derecha. Nosotras pequeñas en medio de esa arquitectura y de su memoria. Pero no nos dejamos tragar. No éramos diminutas: éramos presencia. Marcábamos el camino con los pies, atravesando la historia sin pedir permiso.

Y entonces apareció la arena.
Primero blanca. Luego marrón clara. 
Después casi fundida con el cielo.

Hasta ese momento no había sol. El día estaba suspendido en una luz indecisa. Y de repente, en la playa, salió. Como si nos hubiera estado esperando. Se unió a nosotras. Se colocó a nuestro lado.

A un lado el sol.
Al otro el mar salado.
¿Qué más podíamos querer?

Si eso no es una forma de paraíso, entonces no sé qué lo es.

Sí, hablo del paraíso que todavía no he encontrado.
Pero estoy segura de que lo sentí en aquel momento.

Éramos extrañas sobre una arena que pedía respeto. Antes de pisarla, nos quitamos los zapatos. Fue un gesto casi sagrado. Así la saludamos. Y, al mismo tiempo, le pedimos permiso para que nos acogiera. A nosotras, que veníamos de lejos -yo, incluso, de miles de kilómetros.

Las piedrecitas bajo los pies casi se incrustaban en la piel. Casi parecían decirme: aquí estamos. Aquí es. Nos entregamos a esa sensación sin reservas.

Sí, creo que conquistamos la playa. O quizá fue la playa la que nos conquistó a nosotras. Aquel pequeño fragmento de mar salado, las olas que venían hacia nosotras mojando los pies de algunas, como si quisieran subir un poco más alto, tocar un poco más de cuerpo, de risa, de vida.

Era un mar tranquilo. Un mar acogedor. Nos permitió estar allí sin miedo. Sin remordimientos. Solo estar. Solo disfrutar.

La cámara nos seguía. Bea detrás de ella, atenta, casi invisible. Una sonrisa. Una pose que no era pose. Nada forzado. Nada ordenado.

Solo lo que quiso suceder.

Y quizá, si Dios existe, estaba allí. En esa luz que por fin nos tocaba. En esa agua que nos reconocía. En esa certeza breve y absoluta de que, por un momento, el paraíso no era un lugar lejano, sino un estado compartido.

Sí, creo que Dios nos acompañó esos días. No fuimos solas.
Había algo que nos sostenía más allá de nosotras mismas.

El sol hermoso, la piedra clara, el mar azul y nuestros deseos libres: eso éramos. Deseos libres que no dejaron de existir a pesar de todo. A pesar de los sentidos mezclados, de los prejuicios suspendidos en el aire, del humo de cigarrillo, del hambre que existe, de las creencias tan distintas que cada una llevaba consigo.

Nada de eso logró apagarlos.

Nos quedamos allí. Sosteniendo el instante.
Sorprendidas por la vida que, casi sin avisar, nos había reunido.

Fue repentino. Fue inevitable. Como si no hubiéramos podido resistir el encuentro aunque lo hubiéramos intentado.

Y en medio de todas nuestras diferencias, algo permaneció intacto: el deseo de estar, de mirar sin huir, de aceptar el momento tal como era.

No sé cuánto durará esa sensación, pero sé que fue real.

Y eso basta.



Las testigos: María, Noemi, Alba, Sara, Noemi, Ruth, Nazareth, Noemi, Bea y yo

Viena,  2 de marzo 2026
                                       ***

Añadio una reseña de la Beatriz Jiménez Nácher, escrita por la propia fotógrafa que noa ha acompañado estos días del proyecto. Se ha publicado en el periódico del 
Instituto Romanò para asuntos culturares y sociales, IRASC Nevipens Romani

Estoy profundamente agradecida; la cooperación ha sido maravillosa y muy enriquecedora. 
Aquí comparto el enlace y la fotografía.

https://online.fliphtml5.com/Institutoromano7615/806-Nevipens--202602B---K7hN/#p=1
 
                                      ***

Dank des Österreichischen Kulturforums in Madrid hatte ich die Freude, bei Klassik Radio Stephansdom ein Interview über dieses Projekt zu geben. Den Link für alle, die es anhören möchten, füge ich hier hinzu. 

https://radioklassik.at/programm/sendeformate/thema/christina-messnik/

DaCapo: Donnerstag, 26. Februar, 8.15 Uhr.

In dem Projekt werden Roma-Frauen ermutigt, den öffentlichen Raum in ihren Städten zu nutzen und sich diesen zu eigen zu machen. Dabei geht es um dir Förderung der Selbstermächtigung von Frauen. Das Projekt besteht aus einem dreitägigen Programm mit Workshops zu Poesie, Fotografie und Performance an verschiedenen Orten der Stadt, wobei der Vielsprachigkeit der Frauen (Katalanisch, Romanes und Caló) Raum gegeben wird. Dabei dienen Werke der polnischen Roma-Liedermacherin Bronisława Wajs (Papusza) als Inspiration und Ausgangspunkt für die künstlerischen Reflexionen. Die Workshops werden von der Fotografin Beatriz Jiménez dokumentiert und gemeinsam mit den erarbeiteten Gedichten der Teilnehmerinnen vom spanischen Instituto Romanó und dem Institut für Romanistik der Universität Wien veröffentlicht werden.

Auslandskultur des BMEIA


Austria Kultur Internatinal

https://austriakulturinternational.at/2026/01/27/roma-frauen-als-kulturschaffende/

Barcelona, gitana meva.

Barcelona weckte in mir einen unerwarteten Wunsch: nicht zurückzukehren. Es war keine Entscheidung. Eher ein Gespür. Als hätte das Licht des Südens mich plötzlich zum Leben erweckt und den Winterschlaf vertrieben.

Ich wartete auf die Frauen in einem kleinen Stück Sonne. Es war gegen neun Uhr morgens. Zu pünktlich für meinen Still. 
Ich stand in der Straße Romaní, gesäumt von Orangenbäumen. Die Früchte hingen leuchtend nebeneinander, und in dieser stillen Wiederholung lag etwas tief Berührendes.

Die Frauen kamen. Zuerst einige. Dann weitere, aus der Mina Region. Wir betraten den Raum, in dem wir Stunden miteinander verbringen würden. Anfangs war es kalt, zu kalt, und wir stellten eine elektrische Heizung auf. Ich erinnere mich an dieses Detail: das Bedürfnis, Wärme zu schaffen, wenn ein Raum noch nicht der eigene ist.

Ich hatte einen Plan. Eine Ordnung. Eine Struktur. Doch die Dinge geschahen nicht wie vorgesehen.

Sie hörten mir zu. Mit Respekt. Mit Aufmerksamkeit. Und dennoch spürte ich, dass ihnen etwas an mir fremd erschien. In der Pause sagte jemand, ich sei streng. Nicht vorwurfsvoll – feststellend. Dieses Wort blieb in mir.

Unter ihnen war die junge Rumänin, die aus Rumänien geflohen war, weil sie hoffte, in Österreich etwas Besseres zu finden. Und vielleicht fand sie es – sonst wäre sie nicht geblieben. Aber dort zu sein, in Barcelona, unter dem Frauen, hatte eine andere Dichte: etwas, das sich nicht in „besser“ oder „schlechter“ messen lässt.

Jetzt, während ich schreibe, kann ich fast in diesen Raum zurückkehren. Erinnerung transportiert. Und ich frage mich, ob ich den Moment wirklich gewürdigt habe, als er geschah, ob ich seine Zartheit verstand.

Wir sprachen über Poesie, über die Bronislawa Wajs, Papusza, die Roma-Dichterin, die zu schreiben wagte, als sie es nicht durfte. Die einen Preis zahlte, weil sie an ihre eigene Stimme glaubte. Wir sprachen über was bedeutet zu schreiben, wenn es nicht erlaubt ist, wenn die eigene Stimme als Verrat gilt. Ich hatte das Gefühl, dass der Geist von Papusza bei uns war – nicht als ferne Gestalt, sondern als eine leise, unaufdringliche Präsenz, die uns daran erinnerte, dass das Wort zugleich Heimat und Risiko sein kann.

Ich schlug etwas vor: gemeinsam Worte zu suchen. Uns im Schreiben zu begleiten. Ein einziges Wort auf ein weißes Blatt zu setzen. Und während ich das sagte, wusste ich, dass ich selbst diese Angst kenne. Oft stehe ich vor der leeren Seite. Und die Furcht taucht auf:
Was, wenn keine Worte kommen?

Aber die Frauen sprachen. Sie fanden ihre Worte. Sie formulierten, was in ihnen war, mit einer Klarheit, die keinen Schmuck brauchte. Es war ihre Wahrheit.

Und in diesem Moment verstand ich: das Wunderbare war nicht mein Plan. Nicht meine Struktur. Das Wunderbare war, dass das Wort erschien. 

Der Moment unseres Zusammenseins hatte Wert, weil er einzigartig war. Unwiederholbar in seiner genauen Form, in seinem gemeinsamen Atem. Und ich frage mich: habe ich ihn wirklich geschätzt, als er geschah? Oder verstehe ich ihn erst jetzt, da er Vergangenheit ist?

Ach, wie gern würde ich dorthin zurückkehren.

Bea kam, um zu fotografieren. Sie fing Momente ein, Augen, Lächeln, ihre Geste. Ich weiß nicht, ob man die anfängliche Kälte fotografieren konnte – die Kälte in der Luft, in den Händen, in der ersten Distanz. Vielleicht verschwand sie, bevor sie sich festhalten ließ.

Die warmen Worte unserer Herzen, die gemeinsame Neugier, vertrieben sie. Wir wärmten uns durch Worte, als wäre jeder Satz eine kleine Glut.

Vielleicht verschwand die Kälte, weil wir begannen zu benennen. Vielleicht verschwindet Kälte immer, wenn jemand wagt, „Ich“ zu sagen.

Und ich war dort. Mit ihnen. Und das war wirklich.

                                        ***

Am zweiten Tag trafen wir uns unter dem Arc de Triomf. Welch starkes Symbol: Freiheit. Öffnung. Aufbruch.  Ein Schritt hin zu etwas Neuem. Wir, Frauen, die sich kaum kannten, standen dort mit einer Energie, die fast die Welt erobern wollte – zumindest die von Barcelona.

Und ja, für einige Stunden gehörte uns die Stadt.

Wir gingen zur Ciutadella, einst eine aufgezwungene Festung, Symbol von Kontrolle und Macht. Während wir gemeinsam gingen, dachte ich an die Geschichte. Und ich stellte mir vor, dass sich dieser Ort uns auf unsichtbare Weise beugte. Doch es ging nicht um Eroberung. Es ging um Teilen. Um das Teilen des Schönen. Der Zeit. Des Lachens. Der Gegenwart.

Wir waren einfach nur Bürgerinnen, die gemeinsam gingen. Und doch lag in dieser schlichten Geste etwas zutiefst Politisches: den Raum mit unseren Körpern einzunehmen, mit unseren Stimmen, mit unserer neu entstandenen Verbundenheit.

Gemeinsam hat Sinn.
Gemeinsam können wir.
Gemeinsam sind wir.
Gemeinsam existieren wir.

Die Bäume und die Vögel waren Zeugen. Stille Komplizen unseres Lachens, unserer Schritte, jener Energie, die sich über uns selbst hinaus auszudehnen schien. Die Luft war erfüllt von etwas Leichtem, beinahe Unsichtbarem – und doch zutiefst Wirklichem.

Beas Kamera fing das Fröhliche ein, das Wahre. Die spontanen Gesten, die Blicke, die nicht länger schüchtern waren, die Lächeln, die mühelos entstanden. Vielleicht hielt sie auch das fest, was mit bloßem Auge nicht sichtbar ist: den Moment, in dem wir aufhörten, Fremde zu sein, und zu einem kleinen “Wir” wurden.

Ich stelle mir gern vor, dass sogar die Bäume es gespürt haben. Dass die Vögel, als sie aufflogen, etwas von diesem Augenblick mit sich trugen.

Denn was geteilt wurde, verschwindet nicht ganz. Es bleibt. In der Erinnerung. In den Bildern. In uns.

Und wir wollten nicht stehen bleiben. Wir gingen weiter Richtung Barceloneta. Wir gingen, weil uns das Gehen gut tat. Denn die Bewegung ordnete uns von innen her. Jede für sich – und zugleich gemeinsam.  Wir sprachen. Wir erinnerten uns. Wir fühlten – noch im selben Moment, in dem es geschah.

Die hohen Gebäude erhoben sich links und rechts. Wir - klein inmitten dieser Architektur aus Stein und Erinnerung. Doch wir ließen uns nicht verschlingen. Wir waren nicht winzig: wir waren Präsenz. Mit unseren Schritten zeichneten wir den Weg, durchquerten die Geschichte, ohne um Erlaubnis zu bitten.

Dann erschien der Sand. Erst hell. Dann bräunlich. 
Dann fast mit dem Himmel verschmolzen. 

Bis dahin hatte es keine Sonne gegeben. Und plötzlich trat sie hervor – als hätte sie auf uns gewartet. Sie stellte sich an unsere Seite.

Auf der einen Seite die Sonne.
Auf der anderen das salzige Meer.

Was hätten wir mehr gewollt?

Ich spürte, dass es nicht darum ging, etwas zu erobern – nicht einmal die Stadt. Es ging darum, anzukommen. Da zu sein. Dem Weltgeschehen -für einen Augenblick- zu erlauben, im Gleichgewicht mit uns zu sein.

Wenn das keine Form von Paradies ist, dann weiß ich nicht, was es ist.

Ja, ich spreche vom Paradies, das ich noch nicht gefunden habe. Aber ich bin sicher, dass ich es in jenem Moment gespürt habe.

Wir waren Fremde auf einem Sand, der Respekt verlangte. Bevor wir ihn betraten, zogen wir unsere Schuhe aus.nEin fast heiliger Moment. Wir grüßten den Sand und baten ihn zugleich, uns aufzunehmen. Uns, die wir von weit her kamen - ich sogar aus Tausenden von Kilometern Entfernung.“

Die kleinen Steine unter meinen Füßen drangen fast in meine Haut. Als wollten sie sagen: Hier sind wir. Wir gaben uns diesem Gefühl ohne Vorbehalt hin.

Ja, ich glaube, wir haben den Strand erobert, oder vielleicht war es der Strand, der uns eroberte.

Jenes kleine Stück salzigen Meeres, die Wellen, die auf uns zukamen und manchen von uns die Füße benetzten – als wollten sie ein wenig höher steigen, noch mehr von Körper, von Lachen, von Leben berühren.

Es war ein ruhiges Meer. Ein einladendes Meer. Es erlaubte uns, dort zu sein – ohne Angst. Ohne Reue. Einfach nur zu sein. Einfach nur zu genießen.

Die Kamera folgte uns. Bea hinter ihr, aufmerksam, beinahe unsichtbar. Ein Lächeln. Eine Pose, die keine Pose war. Nichts Gezwungenes. Nichts Inszeniertes. Nur das, was geschehen wollte.

Vielleicht, wenn Gott existiert, war er dort.
In diesem Licht. In diesem Wasser. In dieser Gewissheit, dass das Paradies für einen Augenblick kein ferner Ort war, sondern ein geteilter Zustand. 

Ja, ich glaube, Gott begleitete uns in jenen Tagen. Wir waren nicht allein. Es gab etwas, das uns hielt – jenseits von uns selbst.

Die schöne Sonne, der helle Stein, das blaue Meer und unsere freien Wünsche – das waren wir. Freie Wünsche, die nicht aufhörten zu existieren trotz allem. Trotz vermischter Empfindungen, trotz Vorurteilen, trotz Zigarettenrauch, trotz Hunger, trotz unterschiedlicher Glaubensvorstellungen.

Nichts davon konnte sie auslöschen.

Wir blieben. Im Moment. Überrascht vom Leben, das uns – fast ohne Vorwarnung – zusammengeführt hatte.

Es war plötzlich. Es war unausweichlich. Als hätten wir der Begegnung nicht widerstehen können, selbst wenn wir es versucht hätten.

Und inmitten all unserer Unterschiede blieb etwas unversehrt:

Der Wunsch zu sein.
Hinsehen, ohne zu fliehen.
Den Augenblick anzunehmen, wie er war.

Ich weiß nicht, wie lange dieses Gefühl anhält, aber ich weiß, dass es wirklich war.

Und das genügt.



Die Zeuginnen: María, Noemi, Alba, Sara, Noemi, Ruth, Nazareth, Noemi, Bea und ich.


Wien, 02.03.2026
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