"BARCELONA, GITANA MEVA" - Proyecto artístico participativo con mujeres gitanas, 
con el Instituto Romanò para asuntos sociales y culturales, Servei_noubarrisconviu Barcelona y el Foro Cultural de Austria en Madrid




                 

Barcelona, gitana meva.

Esperé a las mujeres en la esquina donde daba el sol. Estaba en la calle Romaní, rodeada de naranjos. Los frutos colgaban encendidos, uno junto al otro, y había algo profundamente bello en esa repetición silenciosa.

Llegaron las mujeres. Primero algunas. Luego otras desde La Mina. Entramos en la sala donde pasaríamos horas juntas. Al principio con frío adentro, pero encendimos una estufa eléctrica. Recuerdo ese detalle con claridad: la necesidad de crear calor cuando el espacio todavía no es propio.

Llevaba un plan. Una estructura, pero las cosas no sucedieron según lo previsto. Hablábamos del eco que deja un verso leído al azar frente a un verso leído con fervor; versos nacidos del corazón, escritos con amor.

Ahora, mientras escribo, puedo volver a esa sala. La memoria tiene esa capacidad de transportarme y me pregunto si supe valorar lo que estaba ocurriendo, si comprendí la delicadeza de ese momento compartido.

Reflexionábamos sobre la poesía, de Bronislawa Wajs, Papusza, la poeta gitana que se atrevió a escribir cuando no debía. Que pagó un precio por creer en su propia voz, por confiar en su fuerza de poner palabras en el mundo. 

Su historia les conmovió profundamente, su valentía, lo que significa escribir cuando no está permitido, cuando la voz propia es vista como traición. Sentí que Papusza estaba con nosotras, no como una figura lejana, sino como una presencia discreta que nos recordaba que la palabra puede ser hogar y riesgo al mismo tiempo.

Les propuse buscar palabras juntas. Poner palabras sobre un papel en blanco. Y mientras lo decía, sabía que yo misma conozco ese temor: ¿y si no hay palabra?

Pero ellas encontraron sus palabras. Formularon lo que llevaban dentro con una claridad que no necesitaba ornamento.

Y en ese momento entendí que lo maravilloso no era mi plan, ni mi estructura, lo maravilloso fue que la palabra apareció. 

El momento juntas tuvo valor porque fue único, irrepetible en su forma exacta, en su respiración compartida.

Bea vino a fotografiar. Capturó momentos, ojos, sonrisas, gestos de ellas. No sé si fue posible fotografiar el frío que sentíamos al principio. Ese frío que estaba en el aire, en las manos, en la distancia inicial. Tal vez ese frío desapareció antes de poder fijarse en una imagen.

Las palabras cálidas de los corazones, la curiosidad compartida, fueron desplazándolo. Nos calentamos a través de las palabras, como si cada frase encendida fuera una pequeña brasa.

Quizá el frío se fue porque empezamos a nombrar.
Quizá el frío desaparece siempre cuando alguien se atreve a decir “yo”.
Y yo estuve allí con ellas. 

                                              ***

El segundo día nos encontramos bajo el Arc de Triomf. Qué símbolo más poderoso aquel: libertad, apertura, paso hacia algo nuevo. Y nosotras, mujeres que apenas acabábamos de conocernos, estábamos allí con una energía que rozaba la conquista del mundo. Al menos, la de Barcelona.

Caminamos hacia la Ciutadella, aquel espacio que en otro tiempo fue fortaleza impuesta, símbolo de control y sometimiento. Pensé en la historia mientras avanzábamos juntas y me gustó imaginar que, de algún modo invisible, aquel lugar se rendía ante nosotras. No era una conquista en el sentido antiguo de la palabra. No queríamos dominar nada. No se trataba de imponerse. Se trataba de compartir. Compartir lo bello: el tiempo, la risa, la presencia.

Y, sin embargo, había algo profundamente en ese gesto sencillo: ocupar el espacio con nuestros cuerpos, con nuestras voces, con nuestra complicidad recién nacida.

Juntas tiene sentido.
Juntas podemos.
Juntas estamos.
Juntas existimos.

Los árboles y los pájaros fueron testigos. Cómplices silenciosos de nuestras risas, de nuestros pasos, de esa energía que parecía expandirse más allá de nosotras mismas.

La cámara de Bea capturó todo aquello: lo alegre, lo verdadero, los gestos espontáneos, las miradas que ya no eran tímidas, las sonrisas que nacían sin esfuerzo. Quizá también capturó lo que no se ve a simple vista: el momento en que dejamos de ser desconocidas para convertirnos en un pequeño “nosotras”.

Me gusta pensar que incluso los árboles lo sintieron. Que los pájaros, al levantar el vuelo, llevaron consigo algo de ese instante, porque lo que fue compartido no desaparece del todo. Permanece. En la memoria, en las imágenes, en nosotras.

Y no quisimos detenernos allí. Seguimos avanzando hacia la Barceloneta. Caminamos porque caminar nos hacía bien, porque el movimiento nos ordenaba por dentro. Cada una en lo suyo, cada una en lo propio, y al mismo tiempo juntas. Hablando. Recordando. Sintiendo mientras aún estaba ocurriendo. Marcábamos el camino con los pies, atravesando la historia sin pedir permiso.

Y entonces apareció la arena. Primero blanca, luego marrón clara, después casi fundida con el cielo.

Hasta ese momento no había sol. El día estaba suspendido en una luz indecisa. Y de repente, en la playa, salió. Como si nos hubiera estado esperando. Se unió a nosotras.

Éramos extrañas sobre una arena que pedía respeto. Antes de pisarla, nos quitamos los zapatos. Fue un gesto casi sagrado. Así la saludamos. Y, al mismo tiempo, le pedimos permiso para que nos acogiera. A nosotras, que veníamos de lejos -yo, incluso, de miles de kilómetros.

Sí, creo que conquistamos la playa. ¿O quizá al reves? Aquel pequeño fragmento de mar salado, las olas que venían hacia nosotras mojando los pies de algunas, como si quisieran subir un poco más alto, tocar un poco más de cuerpo, de risa, de vida.

Era un mar tranquilo. Un mar acogedor. Nos permitió estar allí sin miedo. Sin remordimientos. Solo estar. Solo disfrutar.

La cámara nos seguía. Bea detrás de ella, atenta, casi invisible. Una sonrisa. Una pose que no era pose. Nada forzado. Nada ordenado. Solo lo que quiso suceder.

Si Dios existe, estaba allí. En esa luz que por fin nos tocaba. En esa agua que nos reconocía. En esa certeza breve y absoluta de que, por un momento, el paraíso no era un lugar lejano, sino un estado compartido.

Nos quedamos allí sosteniendo el instante, sorprendidas por la vida que, casi sin avisar, nos había reunido.

Y en medio de todo algo permaneció intacto: el deseo de estar, de mirar sin huir, de aceptar el momento tal como era.

No sé cuánto durará esa sensación, pero sé que fue real. Y eso basta.




Las testigos: María, Noemi, Alba, Sara, Noemi, Ruth, Nazareth, Noemi, Bea y yo

Viena,  2 de marzo 2026
                                       ***

Añadio una reseña de la Beatriz Jiménez Nácher, escrita por la propia fotógrafa que noa ha acompañado estos días del proyecto. Se ha publicado en el periódico del 
Instituto Romanò para asuntos culturares y sociales, IRASC Nevipens Romani

Estoy profundamente agradecida; la cooperación ha sido maravillosa y muy enriquecedora. 
Aquí comparto el enlace y la fotografía.

https://online.fliphtml5.com/Institutoromano7615/806-Nevipens--202602B---K7hN/#p=1
 
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Dank des Österreichischen Kulturforums in Madrid hatte ich die Freude, bei Klassik Radio Stephansdom ein Interview über dieses Projekt zu geben. Den Link für alle, die es anhören möchten, füge ich hier hinzu. 

https://radioklassik.at/programm/sendeformate/thema/christina-messnik/

DaCapo: Donnerstag, 26. Februar, 8.15 Uhr.

In dem Projekt werden Roma-Frauen ermutigt, den öffentlichen Raum in ihren Städten zu nutzen und sich diesen zu eigen zu machen. Dabei geht es um dir Förderung der Selbstermächtigung von Frauen. Das Projekt besteht aus einem dreitägigen Programm mit Workshops zu Poesie, Fotografie und Performance an verschiedenen Orten der Stadt, wobei der Vielsprachigkeit der Frauen (Katalanisch, Romanes und Caló) Raum gegeben wird. Dabei dienen Werke der polnischen Roma-Liedermacherin Bronisława Wajs (Papusza) als Inspiration und Ausgangspunkt für die künstlerischen Reflexionen. Die Workshops werden von der Fotografin Beatriz Jiménez dokumentiert und gemeinsam mit den erarbeiteten Gedichten der Teilnehmerinnen vom spanischen Instituto Romanó und dem Institut für Romanistik der Universität Wien veröffentlicht werden.

Auslandskultur des BMEIA


Austria Kultur Internatinal

https://austriakulturinternational.at/2026/01/27/roma-frauen-als-kulturschaffende/

Barcelona, gitana meva.

Ich wartete auf die Frauen in einem kleinen Stück Sonne auf der Straße Romaní, gesäumt von Orangenbäumen. Die Früchte hingen leuchtend nebeneinander, und in dieser stillen Wiederholung lag etwas tief Berührendes.

Die Frauen kamen. Zuerst einige. Dann weitere, aus der Mina Region. Wir betraten den Raum, in dem wir Stunden miteinander verbringen würden. Anfangs war es kalt und wir stellten eine elektrische Heizung auf. Ich erinnere mich an dieses Detail: das Bedürfnis, Wärme zu schaffen, wenn ein Raum noch nicht der eigene ist.

Ich hatte einen Plan. Eine Struktur. Doch die Dinge geschahen nicht wie vorgesehen. Wir sprachen über das Echo, das ein zufällig gelesener Vers hinterlässt, und jenes, das ein mit Leidenschaft gelesener Vers erzeugt – Verse, die aus dem Herzen kommen und mit Liebe geschrieben wurden.

Jetzt, während ich schreibe, kann ich fast in diesen Raum zurückkehren. Erinnerung transportiert. Und ich frage mich, ob ich den Moment wirklich gewürdigt habe, als er geschah, ob ich seine Zartheit verstand.

Wir sprachen über Poesie, über die Bronislawa Wajs, Papusza, die Roma-Dichterin, die zu schreiben wagte, als sie es nicht durfte. Die einen Preis zahlte, weil sie an ihre eigene Stimme glaubte. Wir sprachen über was bedeutet zu schreiben, wenn es nicht erlaubt ist, wenn die eigene Stimme als Verrat gilt. Ich hatte das Gefühl, dass der Geist von Papusza bei uns war – nicht als ferne Gestalt, sondern als eine leise, unaufdringliche Präsenz, die uns daran erinnerte, dass das Wort zugleich Heimat und Risiko sein kann.

Ich lud sie ein, gemeinsam Worte zu finden. Worte auf ein leeres Blatt Papier zu legen. Und während ich sprach, wusste ich, dass ich diese Angst selbst kenne: Was, wenn sich kein Wort zeigt?

Aber sie fanden Worte. Sie formulierten, was in ihnen war, mit einer Klarheit, die keinen Schmuck brauchte. Es war ihre Wahrheit.

Und in diesem Moment verstand ich: das Wunderbare war nicht mein Plan, nicht meine Struktur. Das Wunderbare war, dass das Wort erschien. 

Der Moment unseres Zusammenseins hatte Wert, weil er einzigartig war. Unwiederholbar in seiner genauen Form, in seinem gemeinsamen Atem. 

Bea kam, um zu fotografieren. Sie fing Momente ein, Augen, Lächeln, ihre Geste. Ich weiß nicht, ob man die anfängliche Kälte fotografieren konnte – die Kälte in der Luft, in den Händen, in der ersten Distanz. Vielleicht verschwand sie, bevor sie sich festhalten ließ.

Die warmen Worte der Herzen, die gemeinsame Neugier, vertrieben sie. Wir wärmten uns durch Worte, als wäre jeder Satz eine kleine Glut.

Vielleicht verschwand die Kälte, weil wir begannen zu benennen. Vielleicht verschwindet Kälte immer, wenn jemand wagt, „Ich“ zu sagen.

Und ich war dort mit ihnen. 

                                        ***

Am zweiten Tag trafen wir uns unter dem Arc de Triomf. Welch starkes Symbol: Freiheit, Öffnung, Aufbruch, ein Schritt hin zu etwas Neuem. Und wir, Frauen, die sich kaum kannten, standen dort mit einer Energie, die fast die Welt erobern wollte – zumindest die von Barcelona.

Wir gingen zur Ciutadella, einst eine aufgezwungene Festung, Symbol von Kontrolle und Macht. Während wir gemeinsam gingen, dachte ich an die Geschichte. Und ich stellte mir vor, dass sich dieser Ort uns auf unsichtbare Weise beugte. Doch es ging nicht um Eroberung, es ging um Teilen, um das Teilen des Schönen: der Zeit, des Lachens, der Gegenwart.

Und doch lag in dieser schlichten Geste etwas zutiefst solidarisch: den Raum mit unseren Körpern einzunehmen, mit unseren Stimmen, mit unserer neu entstandenen Verbundenheit.

Denn gemeinsam hat Sinn.
Gemeinsam können wir.
Gemeinsam sind wir.
Gemeinsam existieren wir.

Die Bäume und die Vögel waren Zeugen. Stille Komplizen unseres Lachens, unserer Schritte, jener Energie, die sich über uns selbst hinaus auszudehnen schien. 

Beas Kamera fing das Fröhliche ein, das Wahre. Die spontanen Gesten, die Blicke, die nicht länger schüchtern waren, die Lächeln, die mühelos entstanden. Vielleicht hielt sie auch das fest, was mit bloßem Auge nicht sichtbar ist: den Moment, in dem wir aufhörten, Fremde zu sein, und zu einem kleinen “Wir” wurden.

Ich stelle mir gern vor, dass sogar die Bäume es gespürt haben, dass die Vögel, als sie aufflogen, etwas von diesem Augenblick mit sich trugen.

Denn was geteilt wurde, verschwindet nicht einfach. Es bleibt. In der Erinnerung. In den Bildern. In uns.

Und wir wollten nicht stehen bleiben. Wir gingen weiter Richtung Barceloneta. Wir gingen, weil uns das Gehen gut tat. Denn die Bewegung ordnete uns von innen her. Jede für sich – und zugleich gemeinsam.  Wir sprachen. Wir erinnerten uns. Wir fühlten – noch im selben Moment, in dem es geschah. Mit unseren Schritten zeichneten wir den Weg, durchquerten die Geschichte, ohne um Erlaubnis zu bitten.

Dann erschien der Sand. Erst hell, dann bräunlich, dann fast mit dem Himmel verschmolzen. 

Bis dahin hatte es keine Sonne gegeben. Und plötzlich trat sie hervor – als hätte sie auf uns gewartet. Sie stellte sich an unsere Seite.

Wir waren Fremde auf einem Sand, der Respekt verlangte. Bevor wir ihn betraten, zogen wir unsere Schuhe aus.nEin fast heiliger Moment. Wir grüßten den Sand und baten ihn zugleich, uns aufzunehmen. Uns, die wir von weit her kamen - ich sogar aus Tausenden von Kilometern Entfernung.“

Ja, ich glaube, wir haben den Strand erobert, oder vielleicht war es der Strand, der uns eroberte?

Jenes kleine Stück salzigen Meeres, die Wellen, die auf uns zukamen und manchen von uns die Füße benetzten – als wollten sie ein wenig höher steigen, noch mehr von Körper, von Lachen, von Leben berühren.

Es war ein ruhiges Meer. Ein einladendes Meer. Es erlaubte uns, dort zu sein – ohne Angst, ohne Reue, einfach nur sein, einfach nur genießen.

Die Kamera folgte uns. Bea hinter ihr, aufmerksam, beinahe unsichtbar. Ein Lächeln. Eine Pose, die keine Pose war. Nichts Gezwungenes. Nichts Inszeniertes. Nur das, was geschehen wollte.

Wenn Gott existiert, war er dort. In diesem Licht. In diesem Wasser. In dieser Gewissheit, dass das Paradies für einen Augenblick kein ferner Ort war, sondern ein geteilter Zustand. 

Wir blieben im Moment überrascht vom Leben, das uns – fast ohne Vorwarnung – zusammengeführt hatte.

Und inmitten alles blieb etwas unversehrt: der Wunsch zu sein,
hinsehen, ohne zu fliehen und den Augenblick anzunehmen, wie er war.

Ich weiß nicht, wie lange dieses Gefühl anhält, aber ich weiß, dass es wirklich war. Und das genügt.


Die Zeuginnen: María, Noemi, Alba, Sara, Noemi, Ruth, Nazareth, Noemi, Bea und ich.


Wien, 02.03.2026
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