1.

 

Ayer te vi entrando 
por la puerta 
de tu jardín 
abandonado,
andabas orgullosa, 
con el sombrero 
echado ligeramente, 
no mucho, pero a un lado.

Verdes los guantes 
de cuero 
ocultaban las manos 
que hace poco besaba, 
finos tus dedos
que a lo largo
me acariciaban,
tremblaba yo desnuda 
espejándome en ti, 
dejándome tragada 
por el vaivén,
deseo insaciable
que nos llevó a ambas,
felices al Edén. 

Al sentirme, 
giraste los ojos,
sin aliento yo -
me hice de estatuas,
tan casi sin parpadear 
que nu hubiera querido 
perder ni un vislumbre.

Por tanto 
que decidí quedar
en tu jardín abandonado 
y, a menudo, 
sin disfraz, 
paseaba 
de vez en cuando. 



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